Textos para pensar en voz alta…

Recuerdos de cosas que nunca pasaron

Tiempo de lectura: 3 minutos


Desde hace algunos meses —y quizás como muchos en este momento— vivimos deslumbrados por los avances de la llamada inteligencia artificial y por la facilidad con la que, a partir de un simple pedido o prompt, podemos acceder a una imagen, una respuesta o un video de cosas que hasta hace poco solo ocurrían en nuestras cabezas. Vemos publicidades, animaciones y secuencias de hechos que nunca existieron, pero que se presentan con una apariencia tan convincente que, por momentos, nos hacen dudar de su propia naturaleza.

Y es desde ese lugar que me pregunto qué sitio ocupan estos recuerdos de cosas que nunca ocurrieron.

De repente, podemos ver a nuestros abuelos, o a seres queridos que ya no están, dándonos un abrazo en una animación que jamás existió. Y me pregunto si ese abrazo ficticio se acerca, de alguna manera, a lo que hubiera sido en realidad. Hoy, desde mi lugar, mis creencias y mi propia emocionalidad, me cuesta pensar que esa secuencia pueda reemplazar o emular aquello que verdaderamente habría significado. Incluso me cuesta encontrarle un lugar simbólico cercano a lo emotivo.

Así como un texto producido por inteligencia artificial carece de una historia vivida detrás, de un autor al que asociar emociones, experiencias y pensamientos, también estos “momentos creados” parecen carecer de un sustento real que les dé profundidad. Y no porque sean incapaces de sacarnos una sonrisa o incluso una lágrima al imaginar cómo hubiera sido aquello. Al contrario: ese espacio como disparador de emociones o evocador de recuerdos me parece no solo válido, sino también valioso.

Pero quizás prefiero ubicarlos ahí: como el iniciador del fuego, pero no como el fuego mismo.

Me reservo ese lugar dentro de la llama para las cosas que efectivamente ocurrieron. Para aquellos recuerdos que, aunque borrosos e incompletos, pertenecen al disco rígido grabado por la realidad en mi memoria, y no a una reconstrucción de aquello que podría haber sido.

Sin embargo, todas estas reflexiones nacen desde una mirada adulta y crítica. Y entonces me pregunto qué sucede cuando ese filtro no existe. Cuando quien recibe estos momentos generados es vulnerable frente a la implantación de ciertos recuerdos.

¿Cómo interpretaría un niño de cuatro años un video falso de su padre besando a otra mujer, producido como una broma? ¿Qué siente cuando se le muestran escenas que nunca ocurrieron? ¿Las incorpora como ficción o las absorbe como recuerdos posibles? Su cerebro intenta encontrar un lugar para aquello que jamás estuvo allí, pero que, a fuerza de repetición y aparente verosimilitud, parece reclamar un espacio en su historia. Y me cuesta creer que esos recuerdos implantados permanezcan siempre en una capa superficial y no terminen mezclándose con los reales.

También me pregunto qué ocurre con los recuerdos verdaderos cuando quedan rodeados por un océano de registros ficticios, similares en apariencia pero vacíos de historia.

Pienso en quien realmente consiguió una foto con su ídolo y conserva vivo el recuerdo de aquel día en que, por un instante, sus vidas coincidieron en un mismo lugar y tiempo. ¿Seguirá sintiendo esa misma singularidad cuando millones de imágenes idénticas, generadas digitalmente, circulen por todas partes?

Tal vez sí.

Porque quizás el valor nunca estuvo en la foto, sino en el momento. Si todos tienen una imagen con Messi, ninguna imagen será especial por sí misma. Pero quien sabe que realmente ocurrió, quien recuerda el viaje, la espera, la emoción y las palabras intercambiadas, seguirá otorgándole un valor que ninguna generación artificial podrá replicar.

Quizás, incluso, esta abundancia de imágenes y recuerdos sintéticos termine empujándonos en la dirección contraria: a volver a valorar internamente las cosas, a dar menos importancia a su exhibición y más importancia a su vivencia. Tal vez, cuando todo pueda fabricarse, lo auténtico deje de ser aquello que se muestra y vuelva a ser aquello que se comparte.

Puede que en algún momento aparezcan herramientas capaces de distinguir lo generado digitalmente y limpiar nuevamente el camino. O puede que no. Puede que aprendamos a convivir con esta nueva capa de realidad y que la autenticidad ya no dependa tanto de la evidencia, sino de la experiencia misma.

Porque, al final, quizás los recuerdos nunca hayan valido por la precisión de su registro, sino por el vínculo que guardan con quienes fuimos y con quienes amamos.

Y quizás ahí resida la diferencia fundamental entre una memoria y una simulación.

La simulación puede parecernos verdadera. Puede emocionarnos, conmovernos e incluso hacernos imaginar lo que nunca fue. Pero un recuerdo auténtico tiene algo más difícil de reproducir: está hecho de tiempo compartido. De una mirada, una espera, una conversación, una ausencia. Está hecho de historia.

Y tal vez, en un mundo donde cada vez más cosas puedan ser creadas, alteradas o inventadas, el verdadero desafío no sea distinguir qué es real y qué no, sino aprender a seguir reconociendo y valorando aquello que efectivamente vivimos.

Porque, al final del día, quizás lo más importante no sea conservar imágenes perfectas de nuestra vida, sino preservar el valor de aquello que realmente la compuso. Y recordar que, por más sofisticadas que sean las imitaciones, ninguna tecnología puede reemplazar la sencilla e irrepetible experiencia de haber estado allí.

Una respuesta

  1. Avatar de Mara
    Mara

    Tan cierto Leito 🤍 me encantó !

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