Cuenta la historia que un abuelo cherokee, allá en la cultura norteamericana, se sienta con su nieto a la luz del fuego y le dice:
“Dentro de cada persona hay una batalla entre dos lobos.
Uno representa el miedo, la ira, la envidia, el resentimiento, el ego, la codicia.
El otro representa la paz, la compasión, la humildad, la esperanza, el amor.”
El niño pregunta:
“¿Y cuál de los dos gana?”
El abuelo responde:
“El que alimentas.”
Desde el momento en que escuché esta historia, esa idea de dos fuerzas luchando dentro de uno —y siendo uno mismo el encargado, de alguna manera, de balancearlas, ordenarlas e ir disponiendo cuál de las dos toma el mando— me pareció profundamente interesante.
Porque cuando somos pequeños, casi todos los aprendizajes tienden a formarnos en la alimentación del “lobo bueno”. Cada paso en falso se siente como una falla; cada enojo, una conducta a corregir; cada impulso egoísta, algo que esconder. Crecemos creyendo, quizás, que el objetivo es convertirnos en personas completamente luminosas, inmunes a la sombra.
Pero a medida que avanzamos en la vida entendemos algo mucho más complejo: la lucha entre los dos lobos no termina nunca.

Y quizás la verdadera madurez no consista en eliminar al lobo oscuro, sino en reconocerlo, comprenderlo y evitar que sea él quien tome el control.
Porque en nuestra condición humana es inherente que existan momentos de miedo, ego, ira, celos, resentimiento o codicia. Son parte de nosotros. Y aunque muchas veces esas emociones puedan llevarnos a nuestros peores lugares, también es cierto que, en ocasiones, funcionan como fuerzas que desencadenan cambios, reacciones, límites o decisiones necesarias. Incluso ciertas heridas, ciertos miedos o ciertas ambiciones terminan empujándonos a crecer, a movernos o a transformar algo de nuestra vida.
Tal vez por eso me gusta pensar esta historia más desde la idea de una pulsión permanente que desde una batalla entre “el bien y el mal”. Una tensión silenciosa y cotidiana entre distintas versiones posibles de uno mismo.
Porque esa bifurcación aparece todo el tiempo.
Aparece en la adolescencia, cuando uno empieza a entender que pertenecer muchas veces implica traicionarse un poco. Cuando elegimos entre encajar o sostener aquello que realmente somos. Cuando decidimos si nos sumamos a la burla colectiva o defendemos al que quedó solo. Cuando aprendemos que hay palabras capaces de destruir a alguien, aun dichas “en chiste”.
Y aparece también en la adultez, aunque de maneras más sofisticadas y silenciosas.
En el trabajo, cuando uno debe elegir entre actuar con honestidad o tomar el atajo más conveniente.
En las relaciones, cuando podemos responder desde el orgullo o desde la empatía.
En las discusiones, cuando sentimos la pulsión de herir solamente porque estamos heridos.
En los vínculos afectivos, cuando decidimos entre cuidar o manipular.
Incluso en cosas pequeñas: la manera en que hablamos de otros cuando no están, cómo reaccionamos frente al éxito ajeno, cuánto resentimiento dejamos crecer dentro nuestro o cuánto espacio le damos a la compasión.
Porque el lobo que alimentamos no se fortalece solamente en las grandes decisiones morales de la vida. También se construye en hábitos diminutos y repetidos. En los pensamientos que practicamos. En aquello que consumimos. En las conversaciones que sostenemos. En las personas que elegimos tener cerca. En las narrativas que repetimos sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Y quizás ahí esté una de las partes más difíciles de aceptar: entender que nadie está completamente libre de la sombra.
A medida que nos volvemos adultos entendemos que hay una parte de nosotros que vivirá inevitablemente allí, y que sería ingenuo pensar que nuestro camino sólo puede verse representado en la paz, la compasión y la humildad. Todos somos capaces de actos nobles y miserables; de enorme ternura y de enorme egoísmo. La diferencia, probablemente, esté en cuál de esas partes decidimos ejercitar cada día.
Porque lo que repetimos, crece.
Lo que alimentamos, se vuelve más fuerte.
Y aquello a lo que le damos tiempo, pensamiento y energía termina moldeando nuestra manera de habitar el mundo.
Además —como ya escribí en otros textos— uno solamente puede controlar desde qué emoción decide actuar, pero nunca el significado final que el mundo le dará a esa acción. A veces uno puede obrar desde el amor y aun así herir; o actuar desde el miedo y, sin quererlo, terminar protegiéndose de algo real. La condición humana es muchísimo más ambigua que cualquier división simple entre “buenos” y “malos”.

Y quizás esa ambigüedad sea justamente lo que, de niños, más nos cuesta comprender.
Porque cuando somos pequeños el mundo suele explicarse en extremos: si somos buenos iremos al cielo; si somos malos nos espera una eternidad de fuego en el infierno. Como si la vida pudiera dividirse con claridad entre quienes pertenecen completamente a la luz y quienes quedaron consumidos por la oscuridad.
Pero crecer también implica descubrir algo incómodo y profundamente humano: probablemente todos hayamos obrado desde ambos lados. Todos habremos sido amor y egoísmo; refugio y herida; compasión y miedo. Todos, alguna vez, habremos alimentado a ambos lobos.
Y quizás el verdadero desenlace de esa historia no esté en haber sido completamente buenos o completamente malos —porque probablemente nadie lo sea— sino en entender cuál de los dos tomó el control con más frecuencia a lo largo de nuestra vida. Cuál fue la pulsión que terminó guiando nuestras decisiones más profundas. Cuál fue la emoción que gobernó nuestra manera de amar, de construir, de destruir, de mirar a otros y de mirarnos a nosotros mismos.
Tal vez ahí se defina el camino.
No en la ausencia absoluta de sombra, sino en la dirección hacia la que elegimos caminar aun sabiendo que la oscuridad también vive dentro nuestro.
Deja una respuesta