Textos para pensar en voz alta…

Héroes imperfectos

Tiempo de lectura: 4 minutos

Alguna vez escuché a Roberto Gómez Bolaños decir que su personaje, el Chapulín Colorado, era un verdadero héroe. Y su argumento era tan simple como incómodo: los superhéroes como Superman o Batman, con todos sus poderes y ventajas, parecían tener asegurado el resultado. Había algo en ellos que, de alguna manera, los ponía a salvo.

El Chapulín, en cambio, no.

El Chapulín dudaba, se equivocaba, tenía miedo. Mucho miedo. Y aun así, avanzaba. No porque supiera cómo resolver las cosas, sino porque, a pesar de no saberlo, elegía no correrse. Y en esa decisión —torpe, incompleta, profundamente humana— aparecía algo mucho más cercano a la idea real de heroísmo.

Esa idea —la del héroe imperfecto— se me quedó dando vueltas durante mucho tiempo.

Porque con los años uno empieza a entender que la vida se parece bastante poco a esas narrativas donde todo cierra. No hay mapas claros, no hay certezas sostenidas en el tiempo, y muchas veces ni siquiera hay respuestas. Lo que sí hay es incertidumbre, cansancio, contradicción. Y, sin embargo, hay personas que siguen.

Y son personas que inspiran.

No porque tengan todo resuelto, sino porque no lo tienen y aun así están. Porque incluso en medio de sus propios procesos, de sus propias luchas internas, logran hacer espacio para otros. A veces no con grandes discursos ni con soluciones brillantes, sino con algo mucho más sutil y, al mismo tiempo, mucho más poderoso.

Una palabra a tiempo.
Una pregunta que abre.
Un silencio que acompaña.
Una mirada que no juzga.
Un gesto mínimo que dice, sin decirlo: “estoy acá, con vos”.

Y eso, en determinados momentos, lo cambia todo.

Lo más profundo de esto es que esas personas no están por fuera del dolor o del conflicto. No son figuras resueltas que bajan a ordenar el caos ajeno. Todo lo contrario: muchas veces cargan con sus propias cruces, con historias complejas, con temas que todavía están intentando entender o sanar. Y aun así, en medio de ese proceso, logran empatizar desde un lugar genuino.

No desde la superioridad, sino desde la experiencia.
No desde la respuesta, sino desde la presencia.

Ahí aparece una forma de vínculo mucho más honesta. Porque no se trata de alguien que “sabe más”, sino de alguien que, habiendo transitado sus propios caminos —con tropiezos, con dudas, con heridas— puede reconocer algo del otro y acompañarlo sin invadir, sin imponer.

Con el tiempo, uno empieza a darse cuenta de que los padres, muchas veces, son eso.

Pero llegar a esa comprensión lleva tiempo.

De chicos, los vemos como figuras enormes. Casi invencibles. Creemos que saben exactamente qué hacer en cada situación, que tienen respuestas para todo, que pueden anticiparse a cualquier problema. Son, en cierta forma, nuestros primeros superhéroes.

Y después crecemos.

Y en ese crecimiento hay algo que se rompe, pero también algo que se revela.

Porque empezamos a verlos más de cerca. Empezamos a notar sus dudas, sus cansancios, sus contradicciones. Empezamos a entender que muchas de las decisiones que tomaron no venían desde la certeza, sino desde la intención. Que muchas veces hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Que también se equivocaron. Que también sintieron miedo.

Y, sin embargo, siguieron.

Hay una imagen que vuelve mucho cuando pienso en esto: la de un viaje de noche, en la ruta, sentado atrás, sintiendo que nada puede salir mal porque mi papá sostiene el volante. Durante años creemos que esa tranquilidad viene de una especie de seguridad absoluta. Como si por ser nuestro padres supiera exactamente a dónde va y qué va a pasar.

Hasta que un día entendemos algo más incómodo, pero también más verdadero: no había tanta certeza.

Y ahí es donde cambia la mirada.

Porque entendemos que nuestros padres no eran héroes por tener el control, sino por animarse a seguir sin tenerlo. Por hacerse cargo, incluso cuando el camino no estaba claro. Por estar, incluso cuando no sabían exactamente cómo.

Y eso los pone en un lugar mucho mayor que a donde los teníamos de pequeños.

Y lo mismo empieza a aplicar para muchas otras personas que aparecen en la vida.

Ese profesor que, en el momento justo, dice algo que te queda resonando años.
Ese amigo que, sin saber bien qué decir, decide quedarse igual.
Ese terapeuta que no te da respuestas, pero te ayuda a encontrarte con las preguntas correctas.
Ese compañero de trabajo que, en medio del caos, logra ordenar un poco el aire con una frase simple o con un gesto de cuidado.

No son héroes en el sentido clásico. No tienen capas ni certezas. No siempre aciertan. No siempre pueden.

Pero están.

Y en ese “estar” —imperfecto, a veces silencioso, a veces incómodo, pero profundamente humano— hay algo inmensamente valioso.

Tal vez ahí esté la forma más real de heroísmo que podemos encontrar en la vida cotidiana.

Y quizás, frente a todo eso, lo único que realmente nos queda no es sólo agradecerlo, sino hacernos cargo de lo que recibimos.

Tomar esa antorcha.

Aprender de esos gestos —de esa presencia, de esa manera de estar para el otro— e intentar replicarlos, a nuestra manera, en la vida de alguien más. No desde la perfección, ni desde la certeza, sino desde el mismo lugar humano desde el que alguna vez nos sostuvieron.

Porque al final, tal vez nuestro tiempo en la tierra se trate de eso.

De vivir intentando honrar, en otros, todo aquello que alguna vez alguien más hizo por nosotros.

Una respuesta

  1. Avatar de Monica S. Cisneros
    Monica S. Cisneros

    Extrañaba estos escritos Leo !!! Gracias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *