Textos para pensar en voz alta…

Cuando peleamos una guerra que ya no existe

Tiempo de lectura: 5 minutos

Hace algunos meses leí la historia de Hiroo Onoda, el soldado japonés que permaneció oculto en la selva durante treinta años, cuando la 2da Guerra Mundial ya había terminado; viviendo bajo hojas, entre chozas de bambú, robando arroz y matando vacas para comer.

La historia es curiosa porque Hiroo fue asignado a una isla en Filipinas justo antes de que los Aliados la tomaran, lo que lo obligó a ocultarse en la selva junto a otros tres soldados.

Allí vivieron durante años, batallando una guerra que ya no existía. Uno de ellos se entregó pocos años después de terminada la guerra —en 1950— y los demás asumieron que había sido capturado por el enemigo. Más tarde, dos fueron abatidos en distintos enfrentamientos con la policía local. Hiroo quedó solo.

Lo más llamativo del relato es que uno podría pensar que esos treinta años se debieron al aislamiento total, a no haber tenido contacto con el mundo exterior, a no haberse enterado de que la guerra había terminado. Pero ocurrió exactamente lo contrario. En sus memorias, Hiroo cuenta que en varias oportunidades se intentó hacerle llegar la noticia, y que siempre la rechazó.

Cuando vio fotos de su familia, pensó que eran falsificaciones.

Cuando escuchó la voz de su madre a través de un altavoz, creyó que se trataba de una grabación manipulada.

Tal como relataría él mismo, años después:

“Habíamos desarrollado tantas ideas fijas que éramos incapaces de comprender nada que no se ajustara a ellas.”

Todo aquello que no encajara con su idea de guerra, de enemigo y de honor era descartado por su mente. Y así pasó treinta años en la selva.

Algunos podrán considerar su historia honorable, por no haberse rendido y haber mantenido su objetivo a lo largo del tiempo. A mi modo de ver, no es más que profundamente lamentable.

La idea de un hombre que desperdicia su vida peleando una guerra que solo existe en su cabeza no me despierta admiración, sino tristeza. Hay un punto en el que la convicción se convierte en terquedad, y quien se niega a escuchar termina construyendo una realidad que ya no tiene nada que ver con el mundo real. Y termina solo, escondido bajo un puñado de hojas, en la selva.

¿Cuántas veces nos pasa algo parecido, cuando nos negamos a escuchar a quienes nos quieren y nos dan señales claras de que la guerra ya terminó?

Hace algunos días, mi tía Tati me regaló un librito pequeño y valioso —tal como me gustan a mí— que se llama El caballero de la armadura oxidada.

Como es breve pero profundo, y me gusta leer aquello que me recomiendan para entender el porqué de la recomendación, no me llevó más que un rato ponerme al día y terminar la historia. Una historia que, inevitablemente, me recordó a Hiroo.

El libro narra la historia de un caballero que, siempre listo para enfrentarse a las cruzadas, decide dejarse la armadura puesta de manera permanente, hasta que un día esta se le atasca y se le vuelve imposible quitársela.

Con el paso de los meses, incapaces de reconocer al hombre detrás del metal, e imposibilitados de llevar una vida normal con él encerrado en su armadura, su esposa y su hijo le dan un ultimátum: lo abandonarán si no se la quita de una vez por todas.

Sumido en el miedo y la tristeza, el caballero emprende un viaje en busca de alguien que pueda ayudarlo. Así conoce al mago Merlín, quien lo guía por el camino de la verdad y el autoconocimiento a través del Silencio, el Conocimiento y la Osadía. Etapas que lo acercan, poco a poco, a la posibilidad de vivir sin armadura.

Más allá del viaje en sí, hay una idea inicial que resulta clave: hubo un momento de su vida en el que la armadura fue necesaria, en el que efectivamente debía protegerse. Pero el miedo a ser herido fue más allá, y terminó encerrando al hombre dentro de algo que, lejos de cuidarlo, solo le generaba dolor, soledad y tristeza.

No es hasta que el caballero comienza a escucharse, a centrarse en sí mismo y a comprender qué es realmente valioso, que logra volver a vivir. Y lo hace a través de la verdad.

Entonces me pregunto cuántas veces una etapa de nuestra vida nos obliga a ponernos una armadura: para protegernos, para no ver, para aferrarnos a convicciones y batallas que alguna vez fueron necesarias.

¿Y cuántas otras veces terminamos prisioneros de esas mismas batallas y creencias, por negarnos a aceptar que ya no existen, que es tiempo de crecer y cambiar?

No creamos que esto es fácil. En el libro entendemos que el miedo del caballero a ser herido termina transformándose en miedo a no ser reconocido. El caballero ya no sabía quién era sin su armadura, y eso también lo retenía dentro de ella.

¿Cuántas veces nos resistimos a que los demás nos vean de otra manera, porque creemos que aquello que proyectamos es lo que nos define, lo que nos hace ser quienes somos?

Renunciar a la armadura -o aceptar que la guerra ha terminado- requieren de poner en crisis nuestro sistema de creencias. de hacernos preguntas y de comenzar a escuchar a otros; de entender que crecemos a partir de ellos, de sus aportes, de sus observaciones. Renunciar a la armadura implica un reconocimiento más profundo que el superficial. Debemos entender quienes somos y quiénes queremos ser. Quizás solo cuando entendamos que es hora de soltar, de cambiar y de crecer, estaremos listos para dejar ir la armadura. Esa armadura que, como dije antes, lejos de protegernos, de no soltarla termina hundiéndonos en nuestra propia miseria.

Por eso es tan importante estar atentos a esos momentos en los que alguien, desde afuera, decide tender un puente para ayudarnos a salir. Saber reconocer y valorar el tiempo y la voluntad de quienes, desinteresadamente, nos ofrecen una mano.

Porque nadie nos obliga a quedarnos en la selva.

Nadie nos empuja a seguir peleando guerras que ya terminaron.

Lo hacemos solos: por miedo, por orgullo, por costumbre, o por no saber quiénes seríamos sin esa armadura o esas batallas que alguna vez nos definieron. Nos aferramos a la armadura, a la trinchera, al relato conocido, incluso cuando ya no nos protege y solo nos pesa.

Mientras tanto, el mundo avanza.

La vida sucede.

Las personas cambian, crecen, se van.

Y nosotros, convencidos de que resistir es sinónimo de honor, permanecemos inmóviles, defendiendo algo que solo sigue viva en nuestra cabeza; oxidándonos lentamente, peleando una guerra que terminó hace mucho.

2 respuestas a «Cuando peleamos una guerra que ya no existe»

2 respuestas

  1. Avatar de Claudia Roxanna Franco
    Claudia Roxanna Franco

    Hermoso Leo!! Con la sencillez y claridad de siempre!! Comparto totalmente lo que decís. De eso se trata la vida, de sacarse armaduras y empezar a vivir. No es fácil, claro que no. Todos los cambios traen incertidumbres y elecciones: algo se gana, algo se pierde, pero vale la pena!!

  2. Avatar de Monica S. Cisneros
    Monica S. Cisneros

    Me encanta Leo, este texto tan agil para leer y con tanta profundidad para analizar. Al fin y al cabo somos soldados en esta vida, peleando a diario propias guerras, con una armadura qué no debe oxidarse nunca…

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