Textos para pensar en voz alta…

Por qué no hago trampa en los juegos

Tiempo de lectura: 5 minutos

Desde chico siempre me gustó jugar. A lo que fuera. Juegos de mesa, juegos de computadora, deportes; siempre disfruté esa adrenalina particular de competir, tanto contra otros como contra mí mismo. Aun así, hoy no podría considerarme una persona competitiva en el sentido clásico del término.

Si bien durante buena parte de mi adolescencia probablemente sí lo fui —y más de uno recordará alguna patada poco caballerosa que habré propiciado indecentemente dentro de una cancha de fútbol—, con el paso del tiempo fui moldeando mi perspectiva y modificando mi actitud frente a los juegos y frente a la vida, hasta llevarla a un lugar que hoy considero más acertado y saludable.

Creo que hay una etapa, sobre todo en la adolescencia, que nos pone a prueba. Una etapa donde se nos abre la posibilidad de elegir cómo queremos jugar, y donde —quizás sin darnos cuenta— empezamos a definir de qué lado del juego queremos estar y cómo nos gustaría seguir participando el resto de nuestro tiempo.

Todos recordamos esas tardes de pileta seguidas de interminables partidas de truco, donde el chiste era hacer trampa para arrancar con las mejores cartas, o tratar de pescar alguna seña ajena para contar con información privilegiada al momento de orquestar la partida.

Ni hablar de aquellas noches en las que, siendo la banca en el Monopoly —un juego en el que nunca me interesó demasiado participar como jugador—, le pasaba billetes por debajo de la mesa a Mati, uno de mis mejores amigos, quien por arte de magia siempre parecía disponer de los fondos necesarios para comprar las mejores propiedades.

Como en la vida misma, esos momentos son esenciales: son instancias donde se nos presenta la posibilidad de elegir cómo participar del juego y qué valores estamos dispuestos a sostener.

Con el tiempo fui notando que, frente a esas decisiones, solemos caer —con mayor o menor conciencia— en distintos grupos.

Están quienes eligen el camino del jugador tramposo y ventajero, dispuestos a sacar provecho de toda artimaña o engaño posible para empujar los límites de sus beneficios.

Otros prefieren estudiar las reglas con una rigurosidad quirúrgica, buscando ambigüedades del lenguaje o huecos legales. Aprovechan la no penalización para su propio beneficio, aun cuando esas acciones resulten controversiales para los demás y vayan claramente en contra del espíritu del juego.

Hay también quienes no manipulan las reglas ni hacen trampas directas, pero sacan provecho de errores o descuidos ajenos, dejando pasar la situación cuando el beneficio cae de su lado.

Y por último —quizás los más ingenuos— estamos quienes mutamos hacia una posición más altruista: jugamos confiando en la buena fe del otro, intentando actuar de la misma manera, y decidiendo todo desde ese ángulo.

En el truco, por ejemplo, el primer grupo sería el de quienes acomodan las cartas o reciben información de un amigo parado detrás del rival.

El segundo, el de quienes están pendientes de mirar las señas ajenas amparándose en que el reglamento no penaliza la acción, con la necesidad de empezar la mano con cierta ventaja competitiva.

El tercero, el de quienes no hacen nada de eso, pero esperan a ver si al oponente se le cae alguna carta, o si entre su movimiento con las manos dejan entrever la mano que tienen.

Y el cuarto, quizás, el de quienes dejamos que los demás armen su juego como quieran y nos enfocamos en trabajar con nuestro compañero, independientemente del resultado, confiando en que nuestras buenas o malas capacidades.

A medida que fui atravesando mi adolescencia y entrando en esa adultez difícil de definir —como digo en otro de mis textos—, empecé a darme cuenta de que, cuando las reglas se alteraban en favor de alguien, incluso de mí mismo, mi satisfacción por participar del juego perdía fuerza. Así entendí que, para mí, no tiene sentido —ni gracia— ganar una partida de truco con cartas amañadas, o un partido de fútbol con un gol en offside o con la mano.

Viviendo en Argentina, y con todas las miradas históricamente divididas sobre este último ejemplo, sería imposible intentar zanjar la cuestión en un texto casual. Algunos dirán que es parte del juego, una picardía; otros, que es una maniobra ilegal y poco profesional. Cada cual se irá convencido de su postura.

De mi parte, y desde un lugar humilde, solo puedo mirar hacia adentro y elegir pararme en la discusión de una forma coherente con cómo quiero jugar el juego de mi propia vida: confiando en mi juego y en el del rival, sin apelar a acciones dudosas o controversiales.

Hoy disfruto mucho más perder un buen partido de truco con amigos, sabiendo que —al menos de mi lado— hice todo lo posible con las cartas que nos tocaron, que ganar habiendo contado con alguna ventaja injusta.

Ya no me sale sacar un lateral sabiendo que la pelota fue mía, ni amañar un marcador para achicar una diferencia. Cuando un rival hace un gol excelso, suelo decirle “qué golazo nos hiciste”, y me gusta reconocer las virtudes ajenas. Al final del día, estamos ahí para pasar un buen rato, divertirnos y sumar recuerdos a la mochila.

Quizás, al leer esto, alguno piense que pareciera que solo disfruto de perder. Y nada estaría más lejos de la verdad. Me gusta ganar. Me gusta sentirme bien cuando hago un gol o tiro algún caño lírico. Pero tampoco tengo problemas con perder de manera honrosa, ni con reconocer cuando el rival fue superior.

Ese es mi límite: ganar o perder con la tranquilidad de haber jugado dentro de lo lícito, lo honesto y la buena fe con la que intento transitar mi vida.

Esta postura —buena o mala— también me llevó a cerrar puertas. Siempre estoy dispuesto a perder, pero no disfruto pasar por tonto cuando los demás no están dispuestos a jugar con las mismas reglas.

Me alejé de grupos de fútbol donde lo importante era ganar a toda costa: una patada a destiempo, una mano “sin querer”, un resultado manipulado. Volvía a casa frustrado, enojado, lejos del disfrute que había ido a buscar.

También me salí de espacios laborales donde, aunque no se tratara de un deporte, las reglas del juego parecían basarse siempre en ganar a costa del otro.

Hoy me cuesta creer que quien enfrenta un juego dispuesto a hacer trampa transite otros aspectos de su vida de manera distinta. Y, sin embargo, con el tiempo también pude ver que existe mucha gente intentando jugar de otra forma: personas que corren su propia carrera, que compiten consigo mismas, que no empujan a nadie y que incluso extienden una botella de agua cuando otro la necesita.

Esa gente —la que vive y juega sobre los mismos principios— termina siendo un sostén y un motor cotidiano. Y, al final del día, me convence cada vez más de que vivir así tiene mucho más sentido que cualquier victoria obtenida haciendo las cosas mal. 

No sé si esta forma de jugar está bien o está mal, si es la correcta o simplemente la que me tocó construir.

No pretendo dar lecciones ni marcar caminos ajenos.

Solo sé que, hoy, es la única manera en la que me gusta jugar: tranquilo, fiel a mí mismo y en paz con las reglas que elijo respetar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *