Hoy voy a contar un secreto. Algo que quienes me conocen y lo saben me recomendaron no contar. Y es que algo así, tan único y precioso, puede despertar envidias y hasta hacerme correr riesgos innecesarios.
En parte podría decir que fue algo fortuito, algo más azaroso que planificado. Como aquella vez en que, con la figurita que venía dentro de un paquete de polvoritas, me hice acreedor de una consola de videojuegos y varios juguetes.
Aunque, pensándolo bien, este azar es diferente; no es del mismo tipo. No es del azar que hace que uno encuentre un billete mientras camina por una vereda. No es del azar de estar en el lugar justo en el momento justo. Es más bien el azar de estar trabajando en algo sin saber muy bien en qué, y encontrarse de repente con algo más grandioso de lo que se esperaba.
También es cierto que, a medida que pasa el tiempo, cada vez sospecho más que mis padres —como hacen siempre los padres— en el fondo sabían lo que estaban haciendo; y es por eso que me ayudaron durante todos esos años y velaron por la salud de este “invento”.
Sin dar más vueltas, lo voy a decir. Espero sepan disculpar el atrevimiento, y también entiendan mi incapacidad para ayudar a reproducirlo. Si bien tengo una leve idea de algunas acciones que podrían ejecutarse para intentar llegar a un resultado parecido, no podría asumir tal responsabilidad ante la alta probabilidad de que finalmente no funcione.
Ahora sí; aquí va. Que el mundo sepa finalmente que, desde hace algún tiempo, mis padres y yo construimos una máquina del tiempo.
Al principio no sabíamos muy bien de qué iba, ni cómo ajustar correctamente los accesorios para asegurarnos de que nos llevara a donde realmente queríamos ir. Después de varios años, entendimos un poco más su funcionamiento, y hoy nos traslada efectivamente a aquellos lugares y momentos a los que tanto queríamos volver.
Así es que, de vez en cuando, me tomo el tiempo y -cuando nadie me ve- me traslado al tiempo en que todas las mañanas mi mamá me dejaba en la vereda del Club 9 de Julio, bien al frente del portón grande corredizo que está al lado de la pileta, para entrar a la escuelita de verano. Vuelvo a sentir la brisa matutina de una mañana de verano en Río Tercero, y vuelvo a tener en mis manos la mochilita de Mickey que siempre llevaba y que regresaba con una toalla húmeda que, con mis seis años, nunca sacaba hasta el día siguiente, cuando el olor a humedad ya había invadido toda la habitación.
A veces aprovecho también y me escapo un rato al patio de mi colegio, en recreo, justo cuando el verano está terminando y las clases recién empiezan. Ahí me veo correr con mis amigos Gera, Rodri y Fede. Me veo jugando a la “popa”, perseguido por alguna compañerita y haciendo lo imposible por no ser atrapado. Me gusta volver al último recreo, cuando el sol ya está un poco bajo y la sombra de la iglesia se proyecta sobre el patio, sobre los bebederos, sobre el mástil de la bandera. Cuando no estoy apurado, hasta me quedo a ver cómo se arría la bandera, mientras canto a coro con el resto de los alumnos de la escuela el “Salve Argentina… bandera azul y blaaaaanca…” al tiempo que la enseña patria baja por el mástil.
Otras veces me gusta volver a mi casa; a las tardes de leche chocolatada, de jugar al “arco-arco” en el patio -hasta ese momento vacío- que, para nosotros, tenía la escala del Santiago Bernabéu. Me veo pateando la pelota de un extremo a otro durante toda la tarde, hasta que la fuerza se nos acababa y terminábamos en un solo arco, jugando tandas de penales por -según nosotros- medallas y copas de bronce, plata y oro. Antes de volver, me gusta dar una vuelta por la casa; pasar por el living; ver a mis viejos; sentir el aroma a infancia de mi casa de ese momento.
Otras veces vuelvo al barrio Medialuna; a la casa de Mati o de Jere, donde las tardes enteras se pasaban jugando con muñecos de Dragon Ball Z o Pokémon, o haciendo malabares con el “diábolo Bronco”. A veces, cuando voy, me gusta poner una fecha al azar; y por ahí nos encuentro jugando al fútbol en la gomería del “Tito”, o en la canchita de “Mugas”. Más de una vez he tenido que volver sin encontrarme, intuyendo que seguramente andaría por el barrio, andando en bici. Aunque no lo parezca, es difícil esto de ir a un lugar sin avisar.
A veces vuelvo sólo para escuchar la música de ese momento. No es lo mismo abrir un tema en YouTube y poner la canción, que volver allí, a los 90, y dejarme envolver por la canción, la moda, los peinados, las expresiones, hasta el ambiente de ese tiempo. Más de una vez me he sorprendido con alguna canción de las Spice Girls o de los Backstreet Boys que alguna de mis hermanas estaba escuchando en el radiograbador de la pieza.
Otras veces voy un poco más atrás y vuelvo a cuando tenía unos tres o cuatro años, y me tiraba en el piso del living, al lado de la mecedora de mi mamá —hasta ese momento de cuerina mostaza— que tenía los antebrazos de madera rotos, para escuchar el audiolibro de Dumbo. La primera vez que la vi, me sorprendió no encontrarla con el tapizado de corderoy marrón, hasta que recordé que eso había sucedido varios años después. Eso es lo bueno de las máquinas del tiempo: que nos permiten volver a lugares que no recordábamos y ver cómo era todo en ese momento. Lo más gracioso es que siempre que vuelvo me encuentro a mí mismo en la misma página, justo cuando empieza la canción que dice “maquiniiiiiita que volaaaando va…”, y después recuerdo que siempre rebobinaba el cassette para escuchar la misma parte.
Últimamente también he vuelto a la casa de mis abuelos; a mis domingos en la compu, con cuatro o cinco años, dibujando en Paint o imprimiendo dibujos de 101 dálmatas para colorear; o a las tardes de Yacanto, abajo de los pinos. O a la segunda curva a la izquierda del río San Miguel, pescando truchas con mi abuelo, bien temprano, que es cuando mejor está el río: tranquilo, como los mismos peces.
Otro viaje recurrente es a los momentos en que mi papá me traía los autitos de Ferrari de Shell. Esos cuyas cajas nunca me dejó abrir porque eran demasiado delicados para que mi ‘yo’ niño jugara con ellos. Siempre que vuelvo a ese instante, me da un poco de cosa ver mi cara de “no entiendo para qué me comprás un juguete si se supone que no lo puedo usar…”, aun cuando hoy agradezca que por esa razón se conserven inmaculados en la repisa.
Ya de más grande, suelo volver a mi adolescencia, a esas semanas en las que, con mis amigos, jugábamos entre cuatro y cinco partidos de fútbol por semana después de la pileta; algunas veces hasta dos en un mismo día, yendo del Vitalicio al Casino, al Club Atlético, al campo de Romero o a donde fuera que hubiéramos sacado turno. Me encantan esas tardes en las que todo parecía eterno; en las que tomábamos mates en la casa de Azul o de Orne hasta que el sol bajaba, y a esa hora agarrábamos la bici para calzarnos los botines y empezar a jugar. A veces me quedo más de la cuenta y me veo a mí mismo corriendo detrás de la pelota, trabando y pegándole al arco. Al principio me ganaba la impotencia de verme adolescente, pegando de más, enojándome por un foul y devolviendo una patada más fuerte de lo que debería. Me gustaría poder decirme a mí mismo que no, que así no es, que no valen la pena esos enojos. Pero con las reiteradas visitas aprendí a sobrellevarlo, a entender que el tiempo lo pondrá en su lugar y que hoy, a los 36 años, ya no me enojaré por esas bobadas.
Y me gusta recordar la cantidad de veces que me sentaba en uno de los sillones frente al televisor a ver ‘películas cómicas de adolescente’. Me encanta revivir las tardes en la computadora de mi viejo, ahí en el estudio, con el velador prendido, usando Nero para grabar los DVDs descargados a través de eMule e imprimiendo las tapas para armar las cajitas. Todo eso con las ventanas de Messenger flotando, con velas prendidas a San Pedro para que la chica que me gustaba en ese momento, al conectarse y verme en el mismo estado, decidiera mandarme un mensaje. Justo antes de que llegara Facebook y arrasara con todo.
A veces pienso en los viajes que haré en un tiempo y que todavía no hago porque me parecería volver a tiempos relativamente recientes. Pienso en mi tiempo en Denver, en Seattle, en Los Ángeles. Pienso en las veces que volveré y me encontraré allí, esa primera noche de domingo junto al vidrio de Sam #3, cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Pienso en si encontraré en mi rostro esa sensación de incertidumbre, de un mundo nuevo que se abría ante mí, con el susto de estar por mi cuenta, de tener que valerme por mí mismo en una cultura nueva, con un idioma estudiado pero hasta ese momento todavía medio desconocido.
Pienso en qué momento seré capaz de volver a México, en 2010; a ese intercambio, a esas tardes de facultad. A ese viaje a Lagos de Colón donde Carlos —mi amigo— todavía estaba con nosotros. Todavía es algo de lo que no me siento capaz, y me pregunto cómo reaccionaré al verme ahí, al vernos ahí a los cuatro.
Y vuelvo a pensar en todo el trabajo y el tiempo dedicados por mí y mis viejos en construir este artefacto; piecita a piecita, accesorio a accesorio. En todo lo que se esconde entre esos cajones, en ese placard donde aún están mis camisetas de fútbol, en esos estantes donde todavía descansan los autitos a escala.
Cada vez que cruzo la puerta de lo que era mi habitación en la casa de mis viejos y veo todas mis cosas; mis juguetes, mis autitos, mis libros, mis colecciones, mis fotos, todos esos recuerdos se abalanzan sobre mí como una caja de Pandora que se abre, pero que, en lugar de males, deja salir todos aquellos momentos en los que fui, más o menos, feliz.
Basta con abrir un cajón o mirar hacia un punto determinado para decidir a dónde volver. A mi casa, a la casa de un amigo, a Argentina, a México o a Estados Unidos. Basta con agarrar una caja de VHS para volver a mis cinco años, a la cama de mis viejos, al cabezal de la video cassettera que se ensuciaba y que había que limpiar con un algodón con alcohol.

Basta con sentarme en la cama y abrir la puerta lateral de la cajonera donde están las fotos, mis llaveros, mis lapiceras y muchas otras cosas que fui trayendo de cada uno de los viajes; o abrir las puertitas centrales del placard para revolcarme en las tardes de pileta o fútbol, o en los días cambiando etiquetas de cigarrillos con amigos.
Por eso agradezco que mis viejos supieran más que yo lo que estaban haciendo y que me hayan permitido construir aquella máquina del tiempo. Porque, a pesar de que yo ya no vivo ahí, el hecho de mantener las cosas como están, cada vez que vuelvo, me permiten viajar a un momento y a un tiempo distinto de nuestra historia.
Sin embargo, en las últimas visitas empecé a notar algo distinto. Algo leve, casi imperceptible al principio. Que cuanto más tiempo paso ahí, más difícil se me hace regresar. Empecé a entender que no todos los viajes son inocentes; que no están hechos para quedarse, sino para recordar. Que sirven para saber de dónde vengo, no para vivir ahí.
Ahí comprendí que la máquina del tiempo es un privilegio, pero también una tentación. Que no fue construida para permanecer en el pasado, sino para volver distinto. Para salir de ahí con algo aprendido, con una emoción recuperada, pero no con la intención de reemplazar el presente.
Quizás por eso, si alguna vez alguien decide armar la suya, convenga hacerlo sin aferrarse demasiado a los controles. Entrar sabiendo que se va a salir. Volver entendiendo que esos lugares existen para ser visitados, no habitados. Porque el pasado puede abrazar, pero también puede detener; y no todo lo que fue hermoso necesita repetirse para seguir siendo valioso.
Desde entonces procuro usarla con cuidado. Entrar, mirar, agradecer… y volver. Porque los recuerdos sostienen, pero no empujan. Y para seguir caminando, hace falta estar, con los dos pies, en el tiempo que todavía se está escribiendo.
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