Por fin llegó el día. Lo sabe. Lo siente. Cuántas veces cerró los ojos esperando a que por fin fuera diez de enero. Y llegó. Ahí está.
Desde que aquel tipo de saco y corbata apareció y golpeó la puerta de su casa para hablar con sus padres, los días se pasaron mucho más lento de lo normal.
—Es bueno el pibe —había dicho—. Lo quiero llevar a Buenos Aires. Tiene futuro allá.
Y no era para menos. Aquel domingo la había descosido. Y no porque hubiera marcado tres de los cuatro goles con los que Ordóñez había pasado a la semifinal, ni porque hubiera participado también del cuarto, aunque le hubiera dejado empujar la pelota a Luciano, su amigo, para que la estampara en la red. No. Además de eso, le había pintado la cara al pobre pibe al que le habían asignado su marca, y lo había hecho ver como un inútil. Cada rebote, cada giro, cada corrida había dejado en evidencia la diferencia de nivel que había entre él y aquel pobre defensor al que ese día le habían ordenado seguirlo. Y ni hablar de la jugada en la que enganchó para la derecha y después para la izquierda, para irse por la punta hasta el final y ponerle la pelota en la cabeza a Figueroa, que, si no fuera tan amargo, la hubiera clavado en la red; el pobre defensor había quedado en el piso frente a semejante quiebre de cadera.
Cada vez que la pelota le llegaba, las tribunas ardían y podía escuchar al entrenador del equipo contrario cada vez más extasiado y desesperado:
—¡Seguííííílo!
—¡Agarrááááálo!
—¡Marcááááálo!
Un montón de gritos desesperados frente a algo que a esa altura parecía totalmente ineludible.

Si el Profe no hubiera dado por ganado el partido y lo hubiera querido guardar para la semifinal a los veinte del segundo tiempo, seguro hacían cuatro o cinco más. Y eso que les habían dicho que el equipo que enfrentaban pintaba para campeón. ¡¿Qué campeón pintaba si ese día no habían puesto ni las manos, no habían tenido la pelota ni por un ratito, y el pobre gordo Sandrín casi se duerme en su arco de las pocas llegadas que había tenido el equipo contrario?!
Cuando terminó el partido y salió del vestuario, caminando junto a la tribuna local, todo el mundo lo saludaba y felicitaba. Y no era para menos. Estaba orgulloso del partido que había hecho, y se sentía feliz de hacer feliz a la gente. Ahí estaba él, para los hinchas, para el club. Ese club de Ordóñez donde su papá lo había inscrito a los cinco años, y que lo había visto nacer. Ahí estaba él, nueve años después, jugando el campeonato de reserva y demostrando todo lo que había aprendido en esos años. Era rápido como una gacela, ágil como un lince, y había aprendido a controlar la pelota como nadie. La llevaba pegadita al pie, de modo que se le hacía imposible a los defensores predecir sus movimientos o intentar extirpársela de los pies.
Y si bien todos lo veían como la promesa que era, aquel día eso de promesa había dejado de ser tan condicional, tan hipotético, para empezar a tomar forma: un tipo que tenía contactos se había aparecido por su casa para hablar con sus viejos, diciendo que se lo quería llevar a Buenos Aires.
En cuanto el tipo se fue, sus viejos lo llamaron al living. Aun cuando había escuchado todo desde atrás de la pared que daba al pasillo, era muy joven para participar formalmente de aquella conversación. Primero debían hablar sus padres, y él escuchar. Infinitas veces habían hablado del tema, y él sabía que sus padres lo necesitaban en la verdulería. Todavía llegaban medio jugados a fin de mes; y dejar a su viejo sólo no había sido una opción en otras instancias. Habían acordado que cuando cumpliera dieciséis o diecisiete quizás volverían a hablar del tema, y él tenía sólo catorce, por lo que sabía que todo era todavía muy prematuro. Pero dos años más era mucho. Eran una eternidad. Él quería que pasara ahora. Lo sentía. Lo necesitaba.
Escuchó la voz de su padre desde el living, y se acercó de inmediato, como si todavía estuviera corriendo para desbordar por una punta.
—¿Y? ¿Qué te parece? —le preguntó su padre a su madre, intentando buscar su opinión.
—Parece serio —dijo ella.
Su madre siempre lo había apoyado. Muchas veces había hablado con ella a solas, en la pieza, y le había comentado lo mucho que deseaba y necesitaba perseguir aquel sueño. Le había contado lo que sentía internamente; ese fuego que ardía adentro suyo cada vez que imaginaba su futuro como jugador de fútbol. Ella lo sabía. Ella lo apoyaba. A pesar de que no entendía demasiado de fútbol, ni era capaz de apreciar la belleza de una rabona, un caño o una chilena, sentía un amor profundo por su hijo y porque ese hijo pudiera sentirse pleno lejos de allí. Pero sabía que la última palabra siempre la tenía su marido.
Él era el que sabía de fútbol, y también de tipos chantas y delincuentes. Siempre decía que a estos zánganos no les importaba nada su hijo, sino que buscaban pibes que pudieran acomodar en algún club y después olvidarse de ellos.
—Cuántos se fueron para allá, dejaron los estudios y volvieron y se encontraron con nada —decía—. Miralo al pibe Gutiérrez, era bueno. ¿Y dónde terminó? Barriendo el cementerio. Y todo porque su representante no lo cuidó, lo apuró, lo quemó. Y ese pibe tenía futuro.
Su viejo era un tipo complicado. Era de esos tipos que no solo son complicados, sino tercos y testarudos con lo que creen correcto. Él lo admiraba. No había duda de eso. Al fin y al cabo, él era el que había parado la olla cuando su mamá se había enfermado y había sacado siempre a la familia adelante; levantándose cuando todavía era de noche y cerrando los ojos automáticamente del cansancio de cada día. Era un tipo duro, pero convencido. Y sabía que dependía de su decisión lo que pasaría ese día, después de que el tipo de traje y corbata se había ido de su casa.
—Me pareció más serio que el que vino la otra vez —agregó su madre, intentando romper el hielo de la conversación y dando su visto bueno a la vez.
Pero el pibe sabía que aquello no significaba nada; o mejor dicho, no era suficiente. Varias veces la conversación había comenzado con vientos positivos, pero todo aquello se desvanecía con la opinión de su padre.
Su padre no decía nada. Solo pensaba y lo miraba. Cada segundo en que pensaba, para él era una eternidad. Como si en la mente de su padre se estuviera definiendo su futuro. Como si necesitara que las palabras que siguieran a la apertura de su boca fueran las soñadas, las bendecidas, las esperadas.
Aun cuando su padre no había pronunciado sonido, la cara del pibe lo decía todo. Era una cara de ruego, de imploración. Su cuerpo se había desvencijado y lo había puesto casi de rodillas; como un condenado resignado que se dirige al cadalso, dispuesto a lo que disponga el verdugo.
Su viejo giró los ojos y clavó la vista en los suyos, y su mirada se incrustó en lo más profundo de su alma. De repente habló.
—¿Vos tenés ganas de ir? —dijo por fin.
Las rodillas del pibe se doblaron de alegría, como si de repente alguien le hubiese dado la noticia de que su vida acababa de cambiar. Se dejó caer en el suelo y, como pudo, intentó responder a la pregunta del viejo.
—¡Por supuesto, papá! Te prometo…
No llegó a terminar la oración sin que su padre agregara:
—Terminar el colegio es una condición —dijo—. Si me entero de que reprobás una materia, yo mismo me tomo un colectivo y te voy a buscar…
El pibe miró a su madre, con la complicidad de quien siente la liberación de que aquello por fin estuviera pasando. Se acercó a ella y la abrazó. La abrazó tan fuerte como pudo. La abrazó por todas aquellas charlas en su habitación, por todas aquellas veces que ella lo había escuchado y lo había alentado a seguir. Acto seguido, se acercó al padre y, también con un abrazo, deslizó un:
—Gracias, viejo…
—Las pruebas son en un mes. Y te quiere llevar a Vélez.
Todo eso el pibe ya lo sabía. Lo había escuchado desde atrás de la pared, mientras el tipo de traje y corbata hablaba con su padre. Le había dicho que, viniendo del interior, al pibe le convenía ir a un club grande, pero no a Boca o River, porque todos los pibes se iban a probar ahí. Le había dicho que él tenía contactos en Vélez, y que si hacía una buena prueba seguramente se podría quedar a vivir en la pensión. Que en Vélez los cuidaban a los pibes, y los acompañaban para que hicieran el colegio y se formaran. Que la educación era fundamental, y que incluso si a alguno le iba mal en el colegio no lo dejaban jugar hasta que levantara las notas.
Su viejo decía que algunas de esas cosas eran pura chantajada, y que estos tipos sabían cómo convencer a los padres para que les firmaran un poder sobre los chicos, y así hacer y disponer de ellos.
—Si el pibe la rompe en Vélez como hace en el club, ¿vos te creés que les va a interesar que le vaya bien en la escuela? O peor, si Vélez llega a una final y el pibe la está rompiendo, ¿vos pensás que no lo van a poner por haber reprobado Matemática? No es tan simple, Mabel. A estos tipos solamente les importa la plata, y si el pibe no llega se va a volver sin nada —decía el viejo.
Pero aquel día algo había sido distinto. Aquel tipo de traje y corbata había hecho algo distinto a los otros que habían venido antes, y ese “algo distinto” había sido suficiente para que su padre aprobara la decisión de ir a probarse a Buenos Aires. O quizás él mismo había crecido, y como aquel día la había descocido en el club, su padre por fin creía que estaba listo. No lo sabía. No tenía claro qué había ocurrido. Lo único que le importaba era el desenlace: en cuatro semanas aquel tipo de traje y corbata lo llevaría a Buenos Aires, a probarse a Vélez, y tendría la posibilidad de demostrar su talento a gente con influencia, a la gente que realmente podía cambiar su vida.
Desde aquel día, casi no había podido pegar un ojo. Su madre se encargaba de que su dieta no se viera afectada, pero las horas que no estaba en el colegio ni ayudando en la verdulería estaba pensando en Vélez.
Se imaginaba allí, entrando a la cancha. Parando la pelota como sabía hacerlo; tirándola larga y dejando a más de uno en el camino; y, por qué no, revolcado en el piso. En su cabeza se repetía la misma secuencia una y otra vez: tomaba la pelota cerca del círculo central. La frenaba con el pecho y la dejaba caer sobre su pie izquierdo. Entonces comenzaba a correr en diagonal hacia adelante; hacía el extremo izquierdo. El primer defensor le salía al cruce, y empujando un poco la pelota hacia la izquierda la sacaba de su alcance, evitando cualquier intercepción. Entonces el defensor extremo, al ver el espacio y lo desahuciado del central, venía a reforzar la defensa. Entonces amagaba seguir por el extremo; tirarla larga, y enganchaba hacia la derecha, trayendo la pelota con su pie izquierdo, el habilidoso, y haciéndola pasar entre las piernas del defensor. Para ese momento, la pelota ya estaría casi en el vértice del área, y los dos defensores desparramados a sus espaldas. Nadie esperaría que un zurdo definiera desde ese lugar. Entonces giraría su cuerpo de modo tal de que la pelota quedara un poco hacia la izquierda, y con una definición con la cara externa de su pie, pegándole “a tres dedos”, la haría volar por encima del área y de las manos extendidas del arquero, que haría todo lo posible por expandir sus brazos inútilmente, a fin de desviar la trayectoria perfecta que esa pelota llevaba hacia el ángulo más lejano.
Entonces la pelota entraría justo en el vértice de la portería, rozando simultáneamente el poste vertical y el travesaño; en ese lugar al que ni el mejor portero del mundo podría llegar.
Pero él, en lugar de festejar como si aquella proeza fuera algo tan esporádico -como el acercamiento de esos cometas que pasan cada cien años junto a la Tierra- y sin mostrar signos de sorpresa, se giraría para mirar al entrenador y a su representante, dando a entender que no dejaba de ser normal, que para él aquel golazo era algo de cada fin de semana.
Y podría entonces ver la cara de sorpresa de aquel entrenador que nunca habría visto a un jugador del interior hacer semejante obra maestra en una prueba de habilidad; y automáticamente le pediría al tipo de traje y corbata —su representante— que firmaran el contrato para evitar que otro club se llevara a semejante talento. Ahí. Justo ahí. Nada de impresiones ni de reuniones futuras. El tipo sacaría una servilleta y le haría firmar un compromiso ahí mismo, para no arriesgarse a perder a semejante joyita. Y él, feliz de la vida, lo aceptaría para convertirse en ídolo de ese club al que sacaría campeón y al que llevaría a la cima justo al momento de irse a Europa, donde seguiría su carrera triunfal y exitosa.
Todo aquello se repetía una y otra vez, y en cada repetición ganaba detalles y complejidad. En las primeras proyecciones, el entrenador y los otros jugadores tenían caras borrosas; y en la última ya habían adquirido rostro. A pesar de que nunca había estado en el club Vélez y solo había visto algunos partidos en el televisor de veintiuna pulgadas de la cocina, su cabeza se había encargado de construir el estadio, el césped y las tribunas. Se veía allí. Sentía el olor a pasto recién cortado; el ruido de las piernas golpeando el balón, los gritos de sus compañeros pidiendo la pelota y tratando de crear jugadas. Estaba allí. Lo podía sentir. Solo faltaba que los días pasaran y aquello dejara de ser un simple relato de su imaginación para volverse realidad.
Ese día se levantó temprano. A las seis de la mañana el tipo de corbata lo buscaba en su casa, justo a tiempo para llegar a eso de las nueve a. m. a la entrada del club. La prueba empezaba a las diez, así que tendrían una hora más o menos para cambiarse y prepararse. La noche anterior dejó listo su pequeño bolso, en donde puso sus medias, su short, sus vendas y sus canilleras. También puso dos remeras, por si acaso. Lustró sus botines algo desvencijados, y se preguntó si sería la última vez que usaría botines en ese estado. Para sus padres había sido siempre un gran esfuerzo comprarle sus botines, por lo que intentaba cuidarlos y mantenerlos para darles la mayor vida útil posible. Pero ahora todo aquello cambiaría, y seguramente le darían botines nuevos cada mes. Sentía algo de apego a esos, sus botines, pero también se abrazaba a la esperanza de esa nueva vida donde un par de botines nuevos ya no sería una osadía o una excepción.
En cuanto se levantó, lavó su cara y sus dientes y se cambió. Tomó su bolso y salió a la vereda a esperar. Se sentó en la pequeña verja desde donde podía ver los dos extremos de la cuadra. Se sentía feliz. Se sentía ansioso.
Al tiempo que el auto del tipo con corbata dobló en la esquina, notó cómo su pulso se aceleró y cómo su corazón parecía querer escapar de su pecho. En cuanto frenó y el tipo le dio órdenes de subir, caminó alrededor del auto, abrió la puerta y se acomodó en el asiento del acompañante. Se sentía excitante.
—Ponete el cinturón —dijo el hombre, y el pibe obedeció.
En cuanto escuchó el motor, su madre salió a la vereda y lo despidió desde allí. Si bien ella se moría de ganas por abrazarlo tan fuerte como pudiera y desearle la mejor de las suertes, no quería sumar a sus nervios ni hacerle pasar vergüenza frente al tipo de corbata. Al fin y al cabo, el pibe tenía catorce años, y qué iba a decir el hombre si su mamá lo despedía como a un nene chiquito. De todos modos, desde la vereda agitó su mano tan fuerte como pudo y le gritó:
—¡Suerte!
Él sabía que, desde el momento en que el tipo se había presentado en su casa después del partido, su madre había prendido una vela en la cocina, para que Dios hiciera su parte. Desde siempre su madre había sido la encargada de velar por los intereses y necesidades de la familia frente a Dios, y él se sentía protegido frente a esa línea directa entre el Cielo y su casa. Si bien él no decía nada, le daba tranquilidad cuando pasaba junto al umbral de la puerta y veía aquella llamita encendida frente a la estampita de la Virgen.
Las tres horas que separaron Ordóñez de la cancha de Vélez, el tipo de corbata se encargó de nombrar a todos y cada uno de los pibes a los que había hecho famosos, aunque al chico no le sonaran esos nombres. A pesar de ello, cada vez que el tipo de corbata mencionaba a alguien, él asentía con la cabeza como si supiera efectivamente de quién estaba hablando. En parte, porque no quería sonar como un ignorante en la materia; y en parte porque su cabeza seguía repitiendo la proyección de su gol a tres dedos al ángulo lejano del arquero una y otra vez, y casi no escuchaba lo que salía de la boca del conductor.
—Al Mudo Echeverri —decía el tipo.
—Ah, sí… —respondía el muchacho.
—Y al Turco Cepeda —agregaba.
—¿También? —decía el chico, manteniendo la conversación en el aire.
Una vez que hubieron estacionado el auto en el estacionamiento del predio de Vélez, el tipo y el pibe se bajaron del auto y enfilaron rumbo al estadio. Al pibe lo sorprendió la escala de aquel estadio al que había visto en la tele de veintiuna pulgadas, pero que nunca había podido realmente calibrar en la vida real. En ese estadio debían caber unos cincuenta de los de su club. Era mucho más grande de lo que esperaba.
Al tiempo que el pibe empezó a avanzar hacia el estadio principal, el tipo de corbata le dijo:
—Es por este lado. Las pruebas son en una de las canchas auxiliares.
Era una lástima no poder ver esas tribunas desde adentro. Era una lástima no poder mostrar su talento y su obra maestra en aquel estadio que lo vería ejercitar aquellos goles fin de semana tras fin de semana. Era una lástima que la historia de su exitosa carrera no tuviera su primer capítulo en aquel estadio mayor. De todos modos, cuando contara la historia a sus familiares, a sus hijos y a sus nietos, cuando ellos le preguntaran cómo había sido la prueba que lo había catapultado al éxito y a ser una figura del fútbol argentino, mentiría un poco y hablaría de las tribunas. Hablaría de cómo en aquellas tribunas había gente importante que lo vio y que rápidamente intercedió para que no saliera de allí sin un compromiso firmado. Al fin y al cabo, nada podría opacar su historia.
Levantó la vista y vio cómo desde los otros extremos del estacionamiento aparecían otros grupos de chicos. Algunos venían solos, otros acompañados por sus tipos de saco y corbata, y otros venían en grupo. Era evidente que todos ellos estaban ahí por la misma razón y el mismo objetivo: la prueba de habilidad.

El pibe se preguntó de dónde vendrían y cómo habrían sido sus carreras hasta ese momento. ¿Vendrían de clubes pequeños como el suyo? ¿Vendrían quizás de clubes un poco más grandes? ¿Serían también goleadores de sus ligas? ¿O serían defensores con cualidades para detener el juego de talentosos como él? Algunos tenían pinta de niños mimados, y le costó imaginarlos en la verdulería ayudando a sus padres. Otros parecían más humildes, y se dijo a sí mismo que a aquellos había que guardarles cuidado. Después de todo, esos pibes no solo a veces eran los más talentosos y habilidosos, sino que para ellos no existía la posibilidad de fracasar. En ellos seguramente estaban depositadas las esperanzas de sus familias, y esos chicos darían todo por demostrar que eran dignos de un lugar en el club.
El pibe siguió avanzando y llegó a un salón donde, de repente, se agruparon todos los pibes y todos los tipos de saco y corbata, y unos tipos del club los dividieron en grupos y los mandaron a los vestuarios para luego ir a hacer las pruebas en distintas canchas. Los cientos de chicos se distribuyeron según lo ordenado y, tras una breve irrupción en el vestuario, salieron al césped de las canchas auxiliares para dar comienzo a la prueba.
En cuanto llegó a la línea de cal, el tipo del club que estaba en esa cancha los ordenó en equipos, repartiendo pecheras azules y blancas y parando en la cancha a dos equipos. El pibe recibió una pechera azul y la indicación de comenzar en el banco. Mientras caminaba, aún no podía creer que aquella pechera que ahora vestía tuviera el logo de un club de primera división. Y se imaginó ahí, una vez más, como figura de ese club. La camiseta blanca con esa ‘Ve’ celeste que partía desde el medio del pecho y salía hacia cada uno de sus hombros. Esa camiseta era otra cosa; era distinta a la negra y amarilla de Ordóñez.
Se sentó junto a los otros adolescentes que compartían ese breve destino, y todos se dispusieron a ver cómo los jugadores de la cancha empezaban a realizar jugadas y poner en juego la pelota. En ese momento, el pibe pudo observar cómo se movían los jugadores que se encontraban en el campo. Notó cómo el central del equipo blanco había despejado mal una pelota, dándole una contra tremenda al equipo azul. Se notaba que el pobre pibe estaba nervioso. También notó cómo el mediocampo del equipo azul se articulaba muy bien porque un jugador petisito ordenaba los ataques, dejando en el camino a los defensores y dando el pase en el momento exacto para que los delanteros no quedaran en offside y pudieran definir cómodos frente al arquero. Notó cómo los arqueros de ambos equipos mostraban condiciones muy superiores a los que había visto en la liga de Ordóñez, y se estiraban a más no poder para desviar pelotas que les caían desde diferentes ángulos. Se preguntó si alguno de aquellos dos arqueros sería capaz de interceptar ese tiro a tres dedos que tantas veces había imaginado.
Notó cómo uno de los centrales del equipo azul realizaba una barrida temeraria frente al delantero del equipo blanco, dejándolo revolcado en el piso de dolor. Vio cómo en ese momento dos asistentes se paraban desde un extremo de la cancha y atravesaban el campo de juego para atender al pobre pibe que había recibido semejante patada.
Entonces, después de un rato de ver y tratar de deducir quiénes estaban más nerviosos y quiénes no; quiénes eran buenos y quiénes no; quiénes tenían capacidades líricas y qué hacían los más rústicos defensores, la voz del Profe de Vélez lo trajo de nuevo a la realidad:
—Vos, pibe —dijo el tipo, señalándolo a él—. ¿De qué jugás?
—Al medio —dijo él con voz temblorosa—, al medio, pero desbordando y definiendo.
—Perfecto, pibe. Vas a entrar.
Acto seguido, el tipo le hizo señas a uno de sus asistentes, dando a entender qué jugador de los del campo tenía que dejar el lugar para su ingreso. En ese momento, el chico que estaba en la cancha, viendo que sería reemplazado, rompió en llanto y aceleró el paso rumbo al banco de suplentes. A la pasada, el Profe le hizo un gesto como dando a entender que el reemplazo no tenía nada que ver con el desempeño, aunque el pibe sabía que su prueba no había sido del todo buena.
En cuanto el chico terminó de cruzar la línea de cal, dejando a su equipo con un jugador menos y un lugar a ocupar, la emoción le corrió por la espalda. Por fin estaba allí. Por fin habían pasado esas cuatro semanas eternas desde que el tipo de saco y corbata se había presentado en su casa; o, para ser más preciso, esas cuatro semanas desde que él la había descosido en los cuartos de final, marcando tres goles, asistiendo un cuarto y dejando desparramado al defensor en más de una ocasión. En su mente pensaba en cómo aquellos movimientos de ballet que había ejecutado aquel día habían dado comienzo a una secuencia que lo ponía ahí, rumbo a esa línea de cal; pero que, sin dudas, no terminaba allí, sino que era solo el comienzo de un ascenso estratosférico hacia la fama y el éxito.
El pibe atravesó la línea de cal y entró a la cancha. Se colocó cerca del círculo central y miró a su alrededor. Miró de reojo a los defensores, y también a los de su equipo. El arquero de su equipo, que en ese momento tenía la pelota, la lanzó a través del aire, y el extremo que se encontraba a su derecha la paró, entregándosela al pibe en un pase directo y preciso. El pibe la paró con su pie zurdo, como mejor sabía hacer, y descargó rápidamente hacia el otro extremo, haciendo girar el balón y abriendo la cancha para atacar. El extremo intentó avanzar y desbordar por la punta, pero el defensor del equipo blanco lo interceptó y volvió en un contraataque que se desactivó rápidamente cuando un defensor de su equipo mandó la pelota al lateral.

El primer pase había sido bueno. Su Profe de Ordóñez siempre decía que el primer pase tiene que ser bueno, así sea un pase cortito y al pie. Eso siempre da confianza y ayuda a asentarse en la cancha. Y él había cumplido con esa regla, y había dado el primer pase bien.
Así recibió el pibe varias veces, y siempre resolvía bien. Encontró un espacio filtrado y vio cómo el punta se metía por detrás del defensor, dándole un pase preciso que el chico había desperdiciado y tirado bien pegadito al palo, pero por fuera del arco. El pibe recibía, giraba y descargaba. Todo en un solo movimiento, y el Profe desde el banco devolvía signos de aprobación.
—¡¡¡Bieeeeen, piiibeeee!!! —le decía, al tiempo que el chico se llenaba de confianza y orgullo.
¡Cuántas veces su Profe de Ordóñez le había dicho lo mismo desde aquel banco de suplentes sin asientos ni techo, donde un par de ladrillos block y una madera cruzada daban cobijo a los jugadores que se encontraban en reserva de cambio!
El pibe fue mejorando, y mirando también el movimiento del mediocampo y los centrales del equipo contrario. Había detectado cómo los dos centrales bajaban a defender cuando sus delanteros se metían al área, lo que le daba el espacio justo para ejecutar su obra maestra. Solo faltaba que algunas fichas menores se alinearan, pero en principio todo parecía ir de acuerdo a la proyección de su imaginación.
Y entonces el pibe recibió ahí, en el mediocampo, como quería. Giró su cuerpo y miró a los defensores. Estaban donde los necesitaba. Vio cómo los delanteros se metían por detrás del otro central, llevándose las marcas y abriendo ese hueco para que él, con su pierna hábil, tirara la pelota un poquito larga para darle la sensación al central de que podría recortarla, justo al tiempo que él volvía a tocarla para mandarla lejos de la pierna del defensor, rompiendo su línea. Entonces vio aparecer al otro defensor, a ese extremo que venía en ayuda del que había quedado desparramado en el suelo. Miró la cara desesperada del tipo que sabía que tenía poca chance de cerrar su paso. Entonces, amagando tirarla por la punta para desbordar, giró su cabeza y con la cara del pie izquierdo la trajo hacia la derecha, al tiempo que el defensor se comía el amague y pasaba de largo. La pelota llegaba entonces al vértice del área, ahí donde él la necesitaba, donde tantas veces la había visto, más cerca de la Gloria.
Y entonces extendió su pierna derecha para dar apoyo a su izquierda en el latigazo que le permitiría colocar ese zurdazo magistral que coronaba todos esos “¡¡bieeeen, pibeeee!!” que el Profe le había dedicado a cada intervención suya, y traía a la mesa ese contrato ficticio en una servilleta de papel que el Profe firmaría con el tipo de traje y corbata que había golpeado a su puerta y lo había llevado hasta esa prueba.
Y entonces, en ese preciso momento, el pibe sintió que algo se salía de control. Un dolor punzante en una de sus piernas, al tiempo que su cuerpo se abalanzaba hacia adelante. Sin poder controlar los movimientos ni la caída de su cuerpo, el pibe se desmoronó en el suelo. Su rostro se estampó en el césped perfectamente verde de aquel campo auxiliar, y sus brazos quedaron extendidos a cada uno de sus lados. No había tenido tiempo ni de amortiguar la caída. Sin entender qué había sucedido, intentó ponerse de pie, al tiempo que notó cómo unos brazos lo obligaban a mantenerse en el piso.
En cuanto giró su cabeza pudo ver a los asistentes del Profe. Los mismos asistentes que habían cruzado el campo para atender al chico que había recibido semejante patada ahora estaban ahí, junto a él, y le pedían que se quedara acostado.
—Parece que es el cruzado —dijo uno, en el momento en que el pibe vio cómo el Profe mismo se acercaba a ver qué sucedía, pidiendo explicaciones.
—Se rompió los ligamentos —agregó el otro.
Las palabras retumbaron en sus oídos, como un baldazo de agua fría, y en ese momento, todo se volvió gris.
Veinte años pasaron desde aquel día, donde aquella jugada maestra forjada y orquestada para terminar con una pelota cruzada, a tres dedos, en el ángulo más lejano del pobre arquero de turno, terminó con la cara del pibe contra el césped de ese campo auxiliar del club Vélez Sarsfield; dos asistentes sacándolo en alzas hasta el vestuario para que llegara la ambulancia y lo trasladaran al hospital. Una vez ahí, el mismo hombre de saco y corbata lo había acompañado hasta su casa de Ordóñez y se lo había ‘entregado’ a sus padres.
Veinte años pasaron desde aquel corte de ligamentos lo dejó fuera de la semifinal y de la liga durante diez meses, y del cual jamás pudo recuperarse. Veinte años desde que aquel boleto a la fama y la gloria se apagó como una estrella fugaz en caída libre; perdiéndose como un simple papel en una alcantarilla de barrio.
Veinte años que el pibe todavía recuerda, todos los días, mientras ata la bolsa de las manzanas para pesarlas en la balanza.
—¿Algo más, doña? —Preguntó el muchacho
—No, pibe. Muchas gracias —responde ella, sin saber que quien le entrega las manzanas es, quizás, la que fue la promesa más grande de la historia del fútbol de Ordóñez.
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