Textos para pensar en voz alta…

El valor de lo pequeño

Tiempo de lectura: 8 minutos

Escribo esto a una hora de haber terminado el libro Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro. Un libro chiquito. Un libro mundano. Un libro cuya tapa no dice nada. Un libro que, desde hace unos dos meses, estaba apoyado en mi mesa de luz y que, quizás, si su tapa hubiera dicho algo más, habría leído y terminado antes. Pero no lo leí ni lo terminé antes. Lo leí y lo terminé ahora, cuando encontré en un pequeño viaje una excusa para leer. Es que los viajes son el momento justo para leer; para pensar. Por eso, ahora que surgió esta oportunidad, aproveché y cargué ese librito chiquito; ese librito que, en sí mismo, no decía nada.

Y entre esperas en aeropuertos, aviones con la luz de lectura prendida donde el de al lado te mira como diciendo “flaco, apagá, por favor”, y reposeras a la sombra de una sombrilla, en un par de horas lo terminé. Y no solo porque fuera un libro chiquito que se lee rápido, o porque desde un principio me haya atrapado la historia allí contada. Me cautivó especialmente la forma de contarla de la escritora. Esa sensibilidad, ese análisis y ese pensamiento que te hacen mirar las situaciones cotidianas desde otro ángulo; pensarlas desde otro lugar. Esa sensación irremplazable de creer que lo que está escrito es algo que quizás todos pensamos en algún momento; como si esas emociones estuvieran ahí, corriendo en la corriente de un río que va dentro de cada uno, pero donde sólo algunos son capaces de sacarlas y transformarlas en palabras. En palabras exactas. En palabras justas. Nada grandilocuentes, pero sí lo suficientemente precisas como para reflejar eso que se podría pensar o sentir en una determinada situación. Silencios, dolores, angustias, heridas y reparaciones. Lloré con Marilé. Fui ella. Sentí las injusticias del mundo con ella. La entendí. La abracé. Cosas que, sin la precisión quirúrgica de quien escribe, serían imposibles.

Pero más allá del libro que acabo de leer y que aún me tiene conmovido, la historia de Claudia Piñeiro reforzó en mí una idea que desde hace tiempo cautiva mis sentimientos y mi forma de vivir: el valor de lo pequeño. Y mientras escribo esto, me parece hasta un guiño del destino que el libro se llame ‘Una suerte pequeña’; o quizás sea que la escritora, en parte, también comulga con esta idea, y es desde ese lugar que el lenguaje nos encuentra -salvando las distancias- cómplices y cercanos. Será quizás por eso que la tapa del librito no decía nada*; no me invitaba a leerlo como sí lo hicieron otras obras literarias que tal vez no han llegado a conmoverme de esta manera, pero que sin dudar compré seducido en mi paso por alguna librería. No, este librito no es así. El libro que leí no necesitó de una gran portada para convertirse en el best seller que es. Porque la calidad está en otro lado: está en los relatos, en los enfoques, en la capacidad magistral de la autora de llevarnos a la habitación donde Marilé le ruega, por favor, a Mariano que la ayude a retomar su vida; con la angustia y la voz entrecortada de la súplica, del pedido desesperado de alguien que no sabe cómo revertir una desgracia.

Hace algún tiempo, más precisamente cuando estaba en la universidad, un amigo me invitó a almorzar a su casa. Cuando llegamos, sus padres me recibieron de muy buena gana y rápidamente la dinámica de aquel día dibujó un aire de confianza que derivó en temas de distinta índole, más allá de las materias que cursábamos, los profesores a los que odiábamos o queríamos, o los planes que teníamos hacia el futuro. Fue así hasta que, en un momento, su mamá —profesora de literatura apasionada por su materia—, y sabiendo que a mí me gustaba leer, sacó el tema y me interpeló sobre mis libros favoritos. Si bien siempre me gustó leer, y de chico incluso mi mamá me compraba los ejemplares de Sherlock Holmes que venían con no me acuerdo qué revista; o para ese entonces ya había leído bastante de Katzenbach, o por supuesto los libros de Harry Potter, y empezado pero nunca terminado los de El Señor de los Anillos; o, en autores locales, algo de Dolina o Benedetti, hasta ese momento mi biblioteca no incluía nada de los considerados grandes escritores como Borges o Cortázar. Quizás porque hasta ese momento no me gustaban, no me llamaban la atención o simplemente porque no los entendía.

La cuestión es que, frente a la pregunta de qué me gustaba leer, mi mente volvió unos años hacia atrás y recogió de los anaqueles de mis recuerdos un libro chiquito, mundano como este que leí hoy y que desató esta catarata de reflexiones. Era un libro simple, conciso y emotivo. Se llamaba Los ojos del perro siberiano, de Antonio Santa Ana. Un libro que llegó a mí como parte de la literatura a leer en el cuarto año de mi colegio secundario y que, haciendo caso a lo pedido por la profe de Lengua, me dispuse a leer.

Aquel libro, en sí mismo, no tenía nada de extraordinario. No había historias de extraterrestres, ni de vampiros, ni de niños que descubren a los diez años que poseen la capacidad de hacer magia en un mundo de humanos. Este libro trataba simplemente de un chico que descubre que su hermano está enfermo y comienza a enfrentar la vida de otra manera. El título deviene de que, en palabras de su hermano Ezequiel, su perra Sacha —una perra siberiana rescatada— era la única que seguía manteniendo la misma mirada hacia él desde su enfermedad.

Fueron tales las reflexiones y la sensibilidad de las palabras y situaciones vertidas por Santa Ana en ese pequeño libro que, aun a mis dieciséis años, me marcó de una manera que nunca pude llegar a ponderar; pues cada vez que mi memoria vuelve a esos textos descubro algo nuevo del protagonista, de Ezequiel y de mí mismo. Es por eso que, en cuanto puedo, también lo recomiendo o lo regalo. Para que otros puedan caminar por sus páginas, subirse al colectivo a escondidas para visitar a Ezequiel, o escucharlo tocar la Suite de Bach.

Pero volviendo a aquel día del almuerzo en casa de mi amigo, y frente a la pregunta de su madre sobre qué me gustaba leer, y a mis recuerdos de la secundaria y del modo en que aquel pequeño librito me había movilizado, respondí sin dudar:
—Un libro que me gusta es Los ojos del perro siberiano.

Lo que sucedió después fue algo que quizás no esperaba, o quizás inconscientemente sí, pero bastó aquel simple momento para descubrir que aun así no estaba preparado para la respuesta. Recuerdo que aquella señora —porque ya no me importaba si era la madre de mi amigo o no— frunció el ceño, como sin entender aquello que acababa de decir, o quizás entendiendo pero no dando crédito a lo que había salido de la boca de aquel estudiante universitario al que su hijo había invitado a almorzar; porque acto seguido me respondió:
—Ah, sí. Creo que lo leí. ¿Pero ese es un libro para chicos, no? ¿No te gusta algo más de grande?

Creo que lo que siguió a aquella pregunta está en algún lugar de mí al que no puedo acceder, porque no hay manera de que recuerde cómo prosiguió la charla. Como si en ese momento mi mente hubiera derivado todo aquello a un armario, cerrado la puerta y tirado la llave para no volver allí nunca más. O quizás fue el sonido de las preguntas, el ruido articulado de cada una de esas sílabas ordenadas dentro del acento cordobés, lo que hizo que quedaran retumbando en mi cabeza y no dieran paso a nada más. No recuerdo de qué hablamos, o si mi amigo vio mi cara de sorpresa y decidió cambiar el tópico para traerme de nuevo a la realidad. Lo que sí recuerdo es que, en ese momento, algo se quebró y algo nació adentro mío.

Por un lado, se me hizo muy difícil entender cómo alguien era capaz de desmerecer de tal manera algo que, a mi entender, está escrito con tanta sensibilidad como aquella historia. Aun cuando quizás no fuese un libro reconocido por los grandes autores o de un escritor galardonado con el Premio Nobel de Literatura, bastan las pocas horas que lleva atravesar sus páginas no solo para entender lo injusta que es la sociedad, las apariencias o los estatus sociales, sino también para empatizar con una persona que, frente a la noticia de que su vida se está apagando, decide —a pesar del miedo— tomar el tiempo que le queda de una forma tan serena y audaz como Ezequiel.

Y por otro lado, lo que nació en mí fue esta idea de no dejarme obnubilar por aquello que parece grandilocuente, por aquello que seduce a las masas y cautiva a la multitud, y poner más en valor aquello que por el contrario, no demuestra el verdadero valor que esconde detrás. Empecé a mirar un poquito más allá y a tratar de buscar la belleza en lo auténtico, en lo genuino y en lo pequeño, aún cuando no sea ‘para grandes’. Eso que, a simple vista, pareciera pasar desapercibido, pero que basta con un acercamiento para entender lo maravilloso que puede ser. Quizás no sea más que alguien que, desde la humildad y la sombra del anonimato, se sienta frente a un piano y regala melodías que transportan a quien escucha a algún lugar de sus recuerdos; o alguien que, así sin más, te cuenta una historia sobre cosas que uno no hubiera podido siquiera imaginar y que, para él, no fueron más que vivencias y aprendizajes dados en el día a día.

Mientras escribo, recuerdo una escena de una película donde un búho joven de repente se encuentra frente a otro más viejo, que resulta ser uno de los héroes de su infancia, sobre quien había oído hablar en más de una leyenda. Al enterarse, el joven se niega a creer que aquel otro búho sea quien dice ser, pues a simple vista no da con el talle de tan grandes hazañas. Es entonces cuando el búho viejo responde algo así como:
—Aunque no lo creas, así es como se ve la guerra, hijo. La guerra no tiene nada de heroico; solo cicatrices y recuerdos.

Y desde aquel día en que esa señora puso en jaque mi capacidad de leer buena literatura, me prometí a mí mismo no ser el búho joven. Me prometí buscar y valorar lo bello y profundo por sí mismo, las historias por lo que enseñan y no por lo que brillan o por lo que otros dicen de ellas. No importa si estoy jugando con mis sobrinos, o leyendo un libro. Lo importante es el valor de eso que, aunque pequeño, aparece allí y nos enseña.

Y gracias a que hoy, después de tantos meses de estar ahí, en mi mesa de luz, por fin me dispuse a leer aquel librito que por una cosa u otra no abrí antes, vuelvo a estrellarme con el regocijo inesperado de transitar las páginas de un libro desconocido con tanta empatía y sensibilidad. Estoy seguro de que mi hermana sabía que así sería, y es por eso que apareció un día, libro en mano, y me lo prestó.

Y pienso una vez más —y ahora me emociono— por Marilé, y también por saber que alguien me “obsequió” la historia, y por la sensación de haberme encontrado con algo extraordinario sin esperarlo. Y al final del día, quizás todo esto se trate simplemente de eso: de no perder la oportunidad de emocionarnos al abrir un libro y dejarnos sorprender por algo pequeño; o que tal vez la suma de esos pequeños momentos es lo que nos mantiene emocionados; y por eso tenemos que acostumbrarnos a generar pequeñas acciones o cosas que nos ayuden a mejorar el mundo. Como decía Gandhi; ‘quizás todo lo que hagas en esta vida será insignificante. Pero es importante que lo hagas, porque nadie más lo hará.’

*Algunos podrán decir que el problema era mío por no conocer la obra de una escritora como Claudia Piñeiro, autora de otras obras como Las viudas de los jueves, entre otros libros y obras teatrales. Pero para mí, aquel librito de tapa negra que estaba sentado en mi mesa de luz y que, a pesar de ser de una escritora cuyo nombre algo me sonaba, no me decía nada ni presagiaba la sorpresa que me iba a llevar.

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