Para quienes nacimos a fines de los años 80 y tuvimos nuestra infancia en los 90, la Argentina fue, sin dudas, un clima propicio para el consumismo y el coleccionismo.
A diferencia de lo que sucede hoy, el famoso “uno a uno” creaba un falso clima de estabilidad y bonanza que, acompañado de las miles de promociones que incluían los productos comestibles para niños, hacían de ir al supermercado con chicos una tarea más difícil que cualquiera de las que Zeus le encomendó a Hércules. Asimismo, durante esos años no estaba tan en auge esto de comer saludable, por lo que nuestra dieta se componía principalmente de chocolatines, chupetines, heladitos de agua, juguitos congelados —hoy considerados casi cianuro— y cuanto producto industrial de entre papas y conitos se le ocurriera sacar a la gente de PepsiCo.
Porque si hay palabras que los millennials de hoy no entenderían, pero que para nosotros marcaron una época, son: Tazos (en todas sus versiones: Chester, AskiTazos, BichoTazos, de Pokémon, de Looney Tunes, de Digimon, etc.), AskiMoco, Pegaláctico, Zombies Extremos, Huevos Alien, Tolas, entre otros. Toda una generación marcada por aquello que, acompañando a “Lays, Cheetos, Ruffles y 3D” (como bien decía el locutor de la publicidad), nos atravesó la infancia.
La compra de un paquete de alguno de estos productos, dependiendo del tamaño, venía acompañada de alguno de los tazos coleccionables; y si el paquete era más grande o familiar, adentro venía directamente el producto, como por ejemplo los Pegalácticos de Star Wars. Toda una estrategia de marketing perfectamente ideada para que, a mis seis o siete años, solamente pensara en ir completando aquella colección.
Es que, claro, si bien los repetidos se terminaban cambiando en el recreo del colegio con otros compañeritos —y donde aprendimos la crueldad del mundo a la fuerza, entregando sin darnos cuenta el más difícil de todos por un “toco” de otros sin ningún valor a algún chico más grande— o cambiando de buena fe con nuestros amigos, la realidad es que, más allá de poder cambiar, uno tenía que tener con qué. Y eso se conseguía solamente comprando los paquetes. Sería algo así como el “consumo interno” versus las “inversiones externas”. En este caso, los inversores de capital eran nuestros padres, pues cada paquete comprado salía indefectiblemente —y aun si se tratase de un vuelto del kiosco no devuelto— de sus bolsillos.
La cuestión es que los recreos del Jesús María y José de Río Tercero —como imagino que sucedía en todos— estaban plagados de mini transacciones realizadas a lo largo y ancho del patio, sin entes reguladores ni escribanos. Bastaba un acuerdo y la entrega de ambas partes para realizar la transacción y retirarse conforme con el resultado… al menos hasta que algún hermano más grande revelaba la estafa y la pérdida del tazo o figurita más valiosa.
Así nos pasamos tardes aprendiendo sobre personajes ficticios como Iván Mokea, Palmolo Dedos, Fito Estampado o Elba Gallo. Todavía recuerdo que el último tazo de esa colección –AskiTazos– que conseguí —para completar los 24— fue el de “Abrí tu mente II”, que vino dentro de un paquete que abrí en la galería del patio, mientras de fondo, por los parlantes, sonaba una canción de Cristian Castro. Todo muy noventoso.
Pero si hay alguna emoción de la cual hablar —y que seguramente los niños de hoy quizás no entiendan— era la de la primera vez que, al abrir un paquete, te tocaba el “tazo ganador”. A diferencia de los coleccionables, el tazo ganador te permitía acceder —agregando unos $2,50 de ese momento— a un producto “exclusivo” que, dependiendo de la colección, podía ser una Pistola tira tazos —una pistola de plástico donde las municiones eran los mismos tazos, que se cargaban en una especie de cargador—; un AskiMoco —un tarrito de plástico que venía con una especie de goma (hoy le llaman slime) y con una nariz, un dedo o una oreja de goma, y donde, si uno metía los dedos empujando el slime hacia abajo, se generaba un ruido a flatulencia que creíamos canchero—; o también un Huevo Alien o Estruja Cráneos, una pelotita de goma que en su interior tenía unas calaveritas y que se podía apretar como si fuera una pelotita antiestrés.


A la etapa de tazos le siguió la de las “tolas” de Digimon, que eran unos muñequitos de plástico que se guardaban en los “porta tolas”, una especie de riñoneras de plástico donde se suponía que uno debía llevar sus muñequitos para estar listo para competir con algún compañerito. Los porta tolas eran seis, y todavía aparecen de vez en cuando entre las cajas de “cosas viejas” guardadas en lo que solía ser mi habitación de adolescencia. Así, entre promoción y promoción, se renovaba la ilusión y la posibilidad de ser el primero del grupo de amigos en completar la colección.
Así pasamos por chicles Cowboy o Bonky —que se pusieron especialmente interesantes cuando llegó el Mundial 98—, de Dragón Ball Z, chupetines de Power Rangers, chocolatines de Pokémon, entre otros. Promociones que durante meses nos cautivaron y nos colocaron temporalmente en la adultez a la hora de hablar con el kiosquero para reclamar los premios en cuestión, con la paciencia que implicaba en ese momento esperar cuatro o cinco días a que el objeto llegara, porque, claro, el kiosco no siempre los tenía en stock.
Muy de vez en cuando —al menos en Río Tercero— estas etapas se solapaban con algún que otro álbum de figuritas Panini (recuerdo el de Ferrari o el de Spider-Man), cuya dinámica consistía en la siguiente: un grupo de representantes de la marca se paraba en la puerta de la institución a la hora de ingreso o salida de los alumnos, justo para interceptar la estampida de chicos y hacía entrega del álbum coleccionable con dos sobres de figuritas gratuitos. De esta forma, y sin saberlo, cuando llegábamos al aula o a casa —dependiendo de en qué momento nos hubieran abordado—, lo primero que hacíamos era ponernos con el álbum. Para ese entonces, ya era tarde. Ya habíamos probado el narcótico propio de aquellas figuritas, que nos obligaría de ahí en adelante a pasar por el kiosco a comprar sobres que, en tandas de cinco, nos acercarían a la compleción del álbum. Un pequeño ritual de “yala” seguido de un suspiro de resignación, o un “nola*” seguido de la algarabía de una nueva figurita, acompañaba la apertura de cada sobre.
Pero dejando de lado las promociones de PepsiCo o Panini, y volviendo al centro de esta historia —y al motivo por el cual terminé cayendo en la delincuencia—, todo fue gracias a los muñequitos que venían dentro de los Huevos Sorpresa Kinder.
En aquel momento, Kinder comenzó a vender unos huevos de chocolate con leche —riquísimos— que adentro contenían un huevito de plástico, por lo general amarillo, con una figura coleccionable. En ese entonces, la gran variedad de “sorpresitas” podía consistir en un autito miniatura armable, un soldadito metálico, un animalito, completar una colección.

Por lo general, además de esas variadas figuras, venían colecciones ‘centrales’. Eran las que aparecían en la propaganda de televisión y entre las cuales aparecieron, en su momento, los Locodrilos, los Leoninos, los Pingüinitos o los Fantasminis. En todos los casos, eran un montón de personajitos con diferentes personalidades que, juntos, hacían a la colección. Así como recuerdo que para completar los AskiTazos el último tazo fue el de “Abrí tu mente II”, para completar los Locodrilos el último fue el profesor de gimnasia, un cocodrilo musculoso con remera blanca y cronómetro en mano, que abrí en la pieza de mis abuelos justo antes de que nos llamaran a comer; Para los Leoninos fue el explorador que venía con mochila. A este último no recuerdo bien dónde lo obtuve, pero al visitar el recuerdo me invade la misma adrenalina de aquel momento.
Para mis hermanas y yo, las rutinas de domingo de por medio -porque los otros domingos los pasábamos en casa de mis abuelos paternos- la rutina consistía en la siguiente: íbamos en auto hasta la casa de mis abuelos maternos, en barrio Las Violetas. Al estacionar, nos bajábamos y entrábamos por la reja del patio. Es gracioso porque al menos en ese momento, la mayoría de las casa tenían una puerta principal, y un acceso ‘preferencial’ para familiares, que consistía en alguna puerta secundaria (normalmente de una cocina o lavadero) por la que se accede sin pedir permiso; sin tocar el timbre. Como si la puerta formal fuera para invitados que requieren invitación o contraseña; y quienes perteneciéramos a la familia pudiéramos saltearnos aquel paso para aparecer en la cocina ya dispuestos a saludar. Así era que accedíamos a través de la puerta de rejas al patio; doblábamos por la galería y entrábamos por la puerta del lavadero.
Si eso ocurría antes de las 12 del mediodía, mis abuelos estarían en la cocina; él salando la carne y ella preparando las ensaladas o la mesa. Si llegábamos más tarde, entonces la ruta de ingreso tendría una parada obligada al final del patio, en el asador, para saludar a mi abuelo y luego sí ingresar a la cocina donde estaría mi abuela. Pero lo más importante es que, en ese momento, mi abuela y nosotros tres teníamos un código particular e infalible: al llegar y saludar, nos dirigíamos al aparador que estaba al lado de la heladera, en la misma cocina. Uno de frente blanco, con un zócalo de madera. En la puerta de arriba y del medio, donde se guardaban los platos y los vasos, mi abuela siempre dejaba -para nosotros- tres Huevos kinder bien adelante, justo para que nosotros pudiéramos alcanzarlos. Cuando llegaron mis primas, los tres Huevos kinder pasaron a ser cinco, pero siempre manteniendo la misma rutina. Llegábamos, saludábamos, tomábamos los huevos y nos dirigíamos a alguna pieza a abrirlos y buscar las sorpresitas.
Y aquel día donde -a mis seis años- el mundo me puso en una disyuntiva ética- tuvo en parte que ver con eso; con los huevos Kinder. Porque aquel día —estimo que habrá sido un viernes o quizás un sábado— mi abuelo había planificado un viaje a lo que él llamaba “su pueblo pañuelo”: el pueblo donde había nacido, Ticino. Este pueblito no era más que una pequeña localidad del centro de la provincia de Córdoba, que hoy cuenta —según Wikipedia— con unos dos mil seiscientos habitantes. Mi abuelo nació allí, se crió allí, de niño ayudó en la biblioteca del pueblo y luego, de adolescente, “emigró” a Villa María para terminar finalmente en Río Tercero.
Pero siendo aquel pueblo su origen y el de su familia, no era raro que allí quedaran rastros de aquel pasado: parientes que visitar, su escuela primaria, su antigua casa, o quizás sus calles y plazas para hacer la comparación y decir “esto sigue igual” o “no puedo creer lo que cambió; antes acá había tal cosa…”.
La cuestión es que aquel día nos subimos al auto y enfilamos hacia Ticino una vez más, donde nos esperarían unos primos mellizos a los que yo rara vez había cruzado en mi vida, que hoy sería incapaz de reconocer y cuyos rostros son algo completamente difuso en mis recuerdos.
Llegamos a la casa y, con mis cinco o seis años y el pedido obligado de mi abuelo, saludé a todos. Tengo el leve recuerdo de que las paredes estaban recubiertas de machimbre vertical, que la mesa era rectangular, con esquinas curvas, y que estaba cubierta por un mantel de flores morado. Llegamos a la mañana, mi abuelo se quedó en la cocina rememorando tiempos antiguos y me mandó a mí con “mis primos” a una de las habitaciones. Para ese entonces, la diferencia de edad entre dos mellizos de 10 o 12 años y un niño de 6 se hacía mucho más grande que cuando esos mismos cuatro o seis años separan a personas adultas. Ellos ya habían vivido casi el doble que yo y, por ende, sus intereses eran otros. No estaban dispuestos a dedicarme su atención ni siquiera por un momento.
Así fue que estos mellizos se metieron en sus asuntos y no tuvieron mejor idea que darle a aquel nene —yo— una caja con algunos muñequitos propios de un chico de seis años: unos muñequitos de Kinder, unos jueguitos. Lo que no sabían en ese momento era de mi fanatismo por aquellos coleccionables, ni de cómo la vida me pondría en las horas siguientes frente a un dilema que me llevaría a sortear todas las barreras de la ética.
Porque, claro, si bien ellos me habían “dado” esa caja para entretenerme un rato mientras se dedicaban a cosas de preadolescentes, para mí fue como si de repente me abrieran la puerta a una habitación de juegos o a una mina de plata, donde se abría la posibilidad de encontrar tesoros que, quizás por suerte o quizás porque la cadena de distribución de Kinder tenía alguna lógica geográfica extraña, en Río Tercero nadie tenía.

Así fue que comencé a sacar los muñequitos de a uno y a separar aquellos que ya tenía de los que no. Y como me gustaba coleccionar, era bastante difícil que algo no hubiera pasado por mis manos: ya fuera porque lo había obtenido en alguno de los huevos Kinder que mi abuela me dejaba en el aparador para sacar cada domingo, o porque quizás alguno de mis compañeritos del colegio lo tenía y al menos ya lo conocía.
Pero en aquel momento, entre aquel montón de muñequitos que estos dos primos me habían “prestado” por un rato, apareció algo que no esperaba. La colección central de Kinder se componía de unos pingüinitos negros con diferentes personalidades y, entre aquellos juguetes, aparecía uno que yo no tenía. La figurita estaba parada de manos, como haciendo la vertical, con su gorro verde —como varios de ellos— y sin ningún otro objeto en sus manos de pingüino.
Recuerdo que lo vi. Lo separé. Lo miré nuevamente y miré a mis primos. No podía creer que allí, entre aquello que ellos consideraban impropio de su edad, me encontrara con ese pingüinito que me ponía un paso más cerca de completar la colección. Y ellos no lo sabían. No tenían ni idea del “tesoro” que tenían entre manos. Sólo yo parecía entender con lo que me había encontrado.
Fue así que, después de meditar un rato largo y plantearme diferentes escenarios entre el bien y el mal, entre las enseñanzas de mis padres, mis abuelos, las peleas de mis hermanas y todo el concepto de ‘leyes’ que un niño de 5 o 6 años puede tener en ese momento, sorteé todo aquello y, sin decirle a nadie y sin que estos dos primos me vieran, me lo guardé en el bolsillo; y simulé seguir jugando y mirando las otras figuritas que, sin mayor valor para mí, yacían en el suelo al lado de la caja.
Cuando al rato mi abuelo volvió para decirme que ya era hora de que nos fuéramos, me apresuré a meter todo —excepto aquello que sólo yo sabía que estaba en mi bolsillo— dentro de la caja, saludé amablemente a mis “tan queridos” primos y enfilé hacia la cocina.
Si bien no podría saber qué siente un traficante al intentar pasar un control o una frontera con algo ilícito, imagino que mi sensación en ese momento debía ser bastante parecida.
Es que, a mi modo de ver, ¿qué hubiera pasado si en ese instante me hubieran descubierto? ¿Qué hubiera pasado si, al saludar, aquel pingüino de gorro verde, parado sobre sus manos, se caía al suelo y mis primos, mi tía y cuanto pariente lejano —al que yo no hubiera visto en mi vida— veían expuesto el hecho de que yo estaba robando? En mi mente, aquello no podía convertirse en nada menos que una vergüenza familiar. Me señalarían con el dedo y me mirarían con ojos de reproche; mi abuelo no podría creer lo ocurrido, y todo el orgullo por su nieto se desvanecería en segundos frente al acto delincuencial que aquel niño había cometido, nada más y nada menos que en un pueblo del centro de Córdoba donde, seguramente, la delincuencia no existía, y además robándole a sus propios parientes.
Me exiliarían del pueblo y me declararían persona “non grata”, prohibiéndome el ingreso nuevamente. De modo que, si en el futuro algún viaje atravesara ese lugar, tendría que buscar la ruta más cercana para evitar pasar por aquellas calles donde mi falta de ética había quedado expuesta. Mi abuelo no me hablaría en todo el viaje y, al llegar a Río Tercero, no tendría más remedio que exponerme frente a mis padres, que —penitencia mediante— perderían toda la confianza en mí y comenzarían a tratarme como el delincuente que era. Seguramente la noticia no quedaría sólo en el ámbito familiar, sino que se esparciría por las calles de Río Tercero, entre mis compañeritos y entre mis señoritas de grado. Sería la vergüenza de aquel colegio católico al que mis papás me mandaban, y quizás hasta me expulsarían por no permitirse contar con un ladrón entre sus filas.
Todo aquello pasaba por mi cabeza mientras yo, al pasar junto a la mesa rectangular de esquinas curvas, cubierta por un mantel morado, saludaba a esa tía lejana a la cual hoy tampoco podría reconocer.
En cuanto salimos de la casa entendí que lo peor ya había pasado. Ya habíamos superado el control; ya había atravesado la frontera. Ahora sólo quedaba el viaje de vuelta, esas dos o tres horas en las que —si mi abuelo hubiera sabido al pie de la letra cuáles eran los muñequitos que integraban mis haberes— habría bastado con ver a aquel pingüino de gorro verde para notar que él, a diferencia de nosotros, no había recorrido el camino desde Río Tercero hasta Ticino en ese auto. La ventaja era que yo sabía que mi abuelo no se interesaba por mis colecciones, ni sabía cuáles tenía ni cuáles no, de modo que era inmensamente improbable que aquello ocurriera. Incluso si llegaba a ocurrir, tenía formas de salir de la situación diciendo: “se lo cambié a Gerardo en el colegio” o “le salió a Lety en un huevito que compró en el súper de la esquina”. El acto estaba consumado y ya era imposible probar que aquel pingüino había salido de la caja que mis primos me habían dado para entretenerme mientras ellos se dedicaban a cosas de adolescentes. Ahora sólo esperaba el momento de llegar a casa, entrar a mi cuarto y colocar a aquel pingüino junto a sus hermanos, aquellos conseguidos de manera “legal” y ética.
Así fue que, al llegar a casa, finalmente sumé a la colección aquel pingüino y me encontré un paso más adelante de una colección que, curiosamente, nunca llegué a completar. Creo que, de alguna manera, sentía que si en algún momento lograba completar aquel grupo de pingüinos, la culpa de saber que no se había alcanzado de manera leal me habría llevado a niveles de desasosiego impensados, y es por eso que, quizás de forma inconsciente, dejé de perseguir esa compleción. O tal vez, en algún otro huevo, me habría tocado esa misma figurita y habría sentido el remordimiento de haber puesto en jaque mi reputación y la de toda mi familia en vano, simplemente por no saber esperar a que las cosas llegaran.
La cuestión es que aquel día, en esa casa de Ticino con machimbre en las paredes, una mesa con mantel morado y dos primos adolescentes, mis seis años y mi afición por el coleccionismo me llevaron a ignorar todo resquicio de civilización y ética, y a meterme en el bolsillo un pingüino que no era mío para llevármelo a casa.
Hoy ese pingüino todavía está en la casa de mis viejos, entre los muchos juguetitos que usan mis sobrinos cada vez que van. Esa caja que se da vuelta sobre la mesa del living, dejando caer los cientos de muñequitos que con los años —y las caries— fui acumulando. Para ellos no son más que juguetes que un tío amante por los juguetes y la infancia les presta. Para mí, sabiendo que ese pingüino está ahí, entre todos los demás, es prueba y recuerdo del día que caí en la delincuencia.
*Yala era la forma abreviada de decir ‘Ya la tengo’, cuando a una de las figuritas del sobre ya la teníamos en nuestro haber. ‘Nola’, era la abreviación de ‘No la tengo’ y por eso venía acompañada de la ilusión y algarabía de sumar una figurita más al álbum.
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