Textos para pensar en voz alta…

Morena

Tiempo de lectura: 8 minutos

Si bien aquel martes no era más que un simple martes como cualquier otro, unos días atrás el gobierno argentino —como casi todos los gobiernos del mundo— había decretado el aislamiento obligatorio, lo que hacía que todos estuviéramos encerrados en nuestras casas y aprendiendo a convivir con esa nueva realidad. En aquel momento, todo era incertidumbre y miedo, por lo que el clima generalizado se sentía un tanto agitado. Al mismo tiempo, el planeta agradecía el freno de mano repentino que la sociedad había tomado, y los niveles de contaminación y ruido habían bajado drásticamente en tan solo unos días.

En ese contexto, parte de la sociedad no tuvo más remedio que volcarse a la virtualidad casi en un cien por ciento. A algunos, la tecnología nos permitió seguir con nuestros trabajos de manera medianamente normal, aun cuando nuestras casas se transformaron en una especie de call centers en constante videoconferencia.

Como todos los días, ese martes yo había bajado las escaleras temprano y me había acomodado en la mesa del living, transitoriamente devenida en escritorio de trabajo. Me coloqué los auriculares y abrí los programas para disponerme a trabajar. No recuerdo claramente en qué proyecto o equipo me encontraba en ese momento, pero sí recuerdo que mi rutina se sentía un tanto sobrecargada, y no eran días de especial calma. Después de todo, las metodologías de trabajo recién se estaban poniendo a prueba y crujían bajo los nuevos paradigmas laborales que el mundo había tomado sin aviso ni tiempo de adaptación; dando clara evidencia de que aquello se sostenía, y el mundo seguía girando, más por voluntad que por capacidad o conocimiento.

Si bien no tengo claro a qué hora sucedió —porque ante semejante evento lo último que uno hace es mirar el reloj—, las veces que he revivido aquel día me hacen deducir que serían entre las nueve y media y las diez menos cuarto. Yo estaría en llamada con alguno de los miembros de mi equipo, o quizás enfocado en alguno de los proyectos en curso; aunque sinceramente no es algo que haya quedado en mi memoria como para dar fe.

Lo que sí sé es que, en ese momento, me encontraba sentado en una de las sillas de madera de la mesa del living, dando la espalda a la pared gris que dividía nuestro departamento del departamento uno. Esa pared gris que tanto criticaban algunos cuando venían de visita y que, sin embargo, a mí me gustaba. Sobre la mesa, un pocillo —también gris— con un café a medio acabar, siempre sobre su correspondiente posavasos para evitar dañar la superficie de madera.

Encima mío, la lámpara colgante de estructura metálica e hilo marrón —de esas que estaban tan de moda en ese momento— representaba una excelente relación precio-estética, lo que la volvía súper común en cualquier departamento de recién mudado. El foco cálido estaba encendido, aun cuando la luz ambiente quizás fuera suficiente para trabajar; porque si hay dos cosas que nunca pude hacer con las luces apagadas son darme una ducha y trabajar en la computadora.

Dana se encontraba en el piso de arriba, en la pieza secundaria —ahora también devenida en oficina—, donde una mesa blanca heredada de mi departamento anterior hacía las veces de escritorio de trabajo. Así, podíamos mantener cierta privacidad y trabajar cada uno en un nivel distinto, sin que las voces de las continuas videollamadas se superpusieran entre sí.

Siempre que pensamos en los tiempos de pandemia y aislamiento obligatorio, no podemos dejar de reconocer las afortunadas circunstancias en que nos tocó vivirlos; porque somos conscientes de las miles de personas que —no siendo tan afortunadas— tuvieron que adaptarse como pudieron, en situaciones meramente adversas o incómodas.

La cuestión es que allí estaba yo, ese martes treinta y uno de marzo, en el living del departamento dos, con las manos sobre el teclado y los ojos enfocados en la pantalla; con música que entraba por mis oídos y se estrellaba en el cerebro, avanzando con la tarea que me aquejaba en ese momento.

Y fue entonces cuando, entre las nueve y media y las diez menos cuarto —como mencioné—, pude ver por la comisura de mi ojo izquierdo un movimiento brusco, ligero e instantáneo de algo que, a altísima velocidad, se estrellaba contra el escaso césped de nuestro patio de casi dos metros cuadrados. El destello fue inmediato, y el estruendo que lo siguió, también casi tan impresionante y brusco.

El shock me sacó de mi concentración, como una madre sacando a un hijo de la correntada de un río, y tardé al menos unos segundos en tratar de entender qué era lo que sucedía, y asimilar el hecho de que, efectivamente, algo se había precipitado en nuestro jardín.

Giré la cabeza rápidamente para enfocar mis ojos por encima del sillón gris oscuro de pana y mirar a través del cristal de la puerta-ventana, divisando lo que parecía ser una nube de polvo y tierra que el impacto había provocado.

En mi mente —esa que se caracteriza por hacer asociaciones un tanto absurdas pero ligeras—, lo primero que pensé fue que se trataba del transformador eléctrico que, tan inconvenientemente, se encontraba junto a nuestro patio y que era motivo de preocupación y queja constante cada vez que alguno de nuestros padres nos regalaba una visita.
“Claro, como tanta gente está trabajando desde su casa, se debe haber sobrecargado la línea y eso hizo volar el transformador”, pensé.

Me puse de pie y rápidamente enfilé hacia el área del desastre, al tiempo que Dana gritaba desde lo alto de la escalera, asegurándose de que no estuviera herido y tratando de averiguar lo que había pasado.

—Está todo bien —le dije—. Creo que explotó el transformador y algún pedazo cayó en el patio —agregué, al tiempo que mi teoría se derrumbaba por completo al percatarme de que la luz del comedor, que supervisaba mi trabajo seguía encendida de par en par. Para ese momento bien sabíamos que la luz y el transformador estaban vinculados, puesto que cada vez que la compañía hacía mantenimiento pasábamos un buen rato sin electricidad. Entendí entonces que no había posibilidad de que hubiera sido el transformador.

Aún sin entender qué sucedía, pero con la seguridad de que el aparato eléctrico se encontraba en buen estado —por decirlo de algún modo—, avancé pasando junto al sillón y me dispuse a abrir la puerta de vidrio, esperando que la nube de polvo se disipara y brindara algo de visibilidad sobre aquello que efectivamente se había estrellado en el patio.

Recuerdo que, mientras corría la traba de la puerta y comenzaba a deslizar la hoja con mi mano izquierda, pensaba en lo afortunados que habíamos sido de que la caída de aquello no hubiera dañado los vidrios. Al fin y al cabo, eso no solo habría implicado un riesgo mayor para mi seguridad física, sino que además habría sido complicado de reparar en tiempos de aislamiento obligatorio.

La cuestión es que, aquello que fuera, había venido con la puntería suficiente como para caer exactamente en el jardín de tres metros por dos que, seguramente por cuestiones inmobiliarias, alguien había diseñado para aquel departamento.

Abrí la puerta y salí. Como el resto del complejo estaba vacío en ese momento y nosotros éramos los únicos ocupantes hacia ese lado de la calle, pude corroborar la falta de ojos curiosos y vecinos preguntones; lo que me brindó cierta tranquilidad. Nada peor que tener que andar dando explicaciones sobre algo que ni siquiera uno tiene claro. Pero allí estaba yo, solo, y Dana seguía aguardando mis novedades al borde de la escalera, como si el piso de abajo fuera área contaminada.

Avancé unos pasos, y cuando el polvo por fin se hubo disipado del todo, pude verlo. Entre dos de los agapantos del lado derecho del jardín había un pozo de unos treinta centímetros de diámetro y unos veinte de profundidad, con una pequeña estela marcada en la tierra que daba cuenta del punto de impacto y de la trayectoria que aquella cosa había seguido hasta terminar entre las plantas.

En el centro del pozo, acurrucada como una pequeña esfera, se encontraba una bola de pelos negra que apenas se movía, pero mostraba signos de respiración. Durante un breve instante, mis ojos detectaron lo que parecían ser los restos de dos pequeñas alitas ardientes que terminaban de quemarse y, volviéndose cenizas, se desintegraban frente a mí, dejando solo aquel cuerpecito peludo.

Atravesé el pequeño jardín y me arrodillé muy cerca del pozo, estirando las manos para poder tomar aquella bola de pelos. A medida que mis dedos se acercaban, sentí cómo la temperatura subía, dejando notar que aquel cuerpecito estaba algo caliente, o al menos tibio.

En ese momento, mi cabeza recordó alguna de las tantas películas de astronautas en donde el transbordador —o algún otro objeto— arde en llamas al entrar en la atmósfera y termina cayendo en el medio del océano.

Y allí entendí que esa bola de pelos no solo no tenía nada que ver con el transformador que se encontraba sobre la calle, sino que ni siquiera pertenecía a este mundo. Aquella bolita negra había caído desde mucho más arriba, directamente en el patio del departamento dos —el mío—, y en la caída y el contacto con la atmósfera, sus alas habían sufrido quemaduras, despojándola de la posibilidad de volver a volar.

Al comprobar que la temperatura era tolerable y que no había riesgo, pasé mi mano derecha por encima y la izquierda por debajo, y la alcé en mis brazos. Fue entonces cuando su carita se reveló entre los pelos, y por primera vez pude distinguir aquel par de ojitos negros.

En ese momento apareció Dana detrás de mí, cansada de mis no respuestas a sus reiteradas preguntas. Al ver lo que allí sucedía, se acercó aún más y miró también a los ojitos que le devolvían una mirada tierna e hipnotizante.

—Esto es lo que cayó del cielo —dije.
—¡Qué preciosura! —respondió ella, al tiempo que estiraba los brazos para tomarla de los míos—. ¿Qué es? —preguntó.
—Creo que un angelito. Vi sus alitas quemarse —expliqué.
—Pobrecita —dijo ella—. No va a poder volver a volar. Ahora nosotros vamos a tener que cuidarla.
—Puede ser —dije, algo inseguro.
—¿Cómo la vamos a llamar? —preguntó Dana.
—Morena —respondí sin una pizca de duda. Nunca supe por qué ni de dónde, pero al mirarla fue lo primero que se me vino a la mente, casi como si ella me estuviera deletreando su nombre.
—Morena —repitió Dana, y volvió nuevamente los ojos a la bolita de pelos.

Acto seguido, los tres entramos al departamento. Subimos las escaleras y posamos a Morena sobre la cama. Esa misma cama de la que nunca más quiso bajarse. Esa noche hicimos las gestiones y le conseguimos una cucha, sus platitos, comida y algún juguete, a fin de que no pensara en la caída ni en la falta de sus alitas.

Casi cinco años han pasado desde aquel día en que toda la incertidumbre y el miedo de la pandemia, de repente, se vieron aplacados por la llegada de tan tierno angelito a nosotros. Y aquí sigue, firme, como reina y señora de la casa.

Esta historia, tal y como aquí está contada, es la historia que le relatamos a Morena cada vez que nos pregunta cómo fue el día en que llegó. Nos gusta creer que toda la historia de maltratos que sufrió antes de que la adoptáramos nunca ocurrió, y que simplemente cayó ese día en el patio de casa, como el angelito que es y que, desde aquel 31 de marzo, llena de una alegría particular nuestras vidas.

Nosotros elegimos sumar esa cuota de magia que convierte lo cotidiano en extraordinario, y quedarnos con esos ojitos negros que, tan profundos como sinceros, acompañan cada paso que damos y, sin juzgar, nos regalan la ternura más pura; ofreciendo amor infinito a cambio de los más pequeños gestos.

Eso sí: con Morena queda en evidencia que, aun los más hermosos ángeles, pueden desesperarse de manera irracional y poner en jaque toda su bondad cuando, a eso de las cinco de la tarde, el reloj indica que es hora de salir a pasear.

Una respuesta

  1. Avatar de Monica Cisneros
    Monica Cisneros

    Hermosa historia de amor Leo.
    Morenita es sin duda un angel !!!

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