Siempre me gustó que mi cumpleaños fuera en noviembre. Más precisamente el día 29, casi a fines del mes.
En Argentina, para ese momento del año —y más en los 90’s—, la carga de trabajo y de exámenes en el colegio ya había pasado; por lo que los días remanentes de clases tenían más sabor a disfrute con amigos que a suplicio académico.
Aun así, en esa fecha ninguna familia —de las de clase media que podían— había salido aún de vacaciones; por lo que casi todos los compañeritos terminaban asistiendo al festejo.
Estando en la primaria en esos años, el procedimiento de preparación del cumpleaños consistía en lo siguiente:
—Elegir la temática; que, a diferencia de ahora, estaría marcada por la variedad de tarjetitas de invitación que tendrían en la librería, y uno tendría la difícil —e importante— decisión de seleccionar cuáles serían esas tarjetitas ya impresas que venían en paquetes de 10, y donde muy convenientemente el texto tenía líneas punteadas para llenar a mano con lapicera y customizar el nombre del invitado, el día, la hora, el lugar y el nombre del cumpleañero. El famoso “¡Te invito a mi fiestita!” ya estaría definido y escrito con letra seguramente cursiva.
Mientras tanto, una madre, una abuela o una madrina con habilidades en pastelería se encargaría de la torta de cumpleaños; que —a veces— intentaría acompañar la temática, y otras veces no tendría relación alguna; pero que seguramente constaría de un bizcochuelo con dulce de leche, recubierto en confites alargados de colores que simulaban césped, tierra o cualquier otra cubierta. Si la temática era fútbol, bastaba con que esa cubierta fuera verde, con alguna que otra línea de confites blancos simulando los límites del campo de juego, y se completaba con el set de plástico de arcos y jugadores mal pintados de Boca o River, erguidos y con sus manos en la cintura.
En cuanto al salón, bastaba con una casa con lugar donde cupieran unos 20 nenes. Por lo general, se trasladaba la mesa con la torta y los chizitos, puflitos, papitas y tutucas al patio; y todo sucedía al aire libre. Si la vivienda no contaba con un jardín abierto, entonces por lo general se ubicaba la mesa en el comedor, y las actividades o juegos se hacían extensivas a la vereda o a alguna plaza que estuviera a no más de unos cincuenta metros, distancia justa para que los grandes controlaran nuestros movimientos.

Si el cumpleaños era mixto, entonces los juegos podían ser las escondidas, la “popa” —deformación lingüística cordobesa del juego de la mancha—, y ya entrando en la preadolescencia: la botellita. Nada mejor que compartir esos lugares con la chica que te gustaba en ese momento, en un contexto diferente al de la escuela.
Si el cumpleaños no era mixto y solo había nenes, eso permitía que la tarde se volviera un partido interminable de fútbol; con relevos ilimitados y pausas para comer torta, ir a buscar algunos snacks o simplemente servirse un vaso de gaseosa.
Como cumpleañero —y sin importar el juego o el momento del día—, el ritual consistía en lo siguiente: cada vez que llegaba un invitado —acompañado, por supuesto, de su madre o padre— tu mamá te buscaba y te decía: “Llegó Gerardo, vení a saludar”. No importaba si en ese momento estabas por patear el penal definitorio de la copa del mundo; en ese momento debías poner en pausa y dirigirte a saludar, esperando que a la vuelta nadie lo hubiera pateado en tu lugar. La ventaja era que, siendo el cumpleañero, uno disponía de ciertos beneficios; y era raro que alguien se atreviera a quitarle semejante privilegio al agasajado.
Entonces dejabas lo que estabas haciendo y te acercabas a saludar y recibir el regalo; y —simbólicamente— le dabas ingreso al invitado recién llegado. De alguna manera, el regalo y el gesto se sentían como una especie de pago de ingreso para estar habilitado a jugar.
En ese momento —tengamos en cuenta los años 90’s en Argentina—, el repertorio de regalos no variaba demasiado entre perfumes Paco o Pibes, algún par de medias, algún blíster con soldaditos o alguna remera de dibujitos o con algún signo o escudo del equipo del cumpleañero. Si, por el contrario, quien llegaba al evento era algún tío o abuelo, entonces la cosa cambiaba un poco porque el regalo se transformaba en algo más seleccionado o hasta pedido: un short o camiseta de fútbol o hasta una pelota. Todavía me acuerdo cuando mi abuelo me compró la pelota Penalty oficial de los partidos de AFA. Los cascos eran blancos, con una silueta negra en algunos de ellos, y uno tenía una América del Sur dorada, y en otro decía PRO en letras rojas. De más está decir que todos los partidos jugados con esa pelota se sentían como si fueran de la primera división del fútbol argentino; lo que cargaba cada pase y remate de un nerviosismo y satisfacción particulares.
Algo que podía ocurrir antes o después de la torta era el momento de la piñata. A diferencia de los países latinoamericanos donde la piñata es de papel y el cumpleañero la rompe mediante un golpe con un palo dado con los ojos vendados, en Argentina la piñata consiste en un globo particularmente grande que un integrante con caja torácica privilegiada debe inflar previo a rellenarlo con golosinas y juguetes de plástico; y, en algunos casos, con algo de harina en polvo. Una vez relleno, se inflaba al punto de quedar de unos cincuenta o sesenta centímetros, listo para reventar. Para ello, algún adulto lo sostendría sobre los invitados —agrupados debajo para la ocasión— para que el cumpleañero lo reventara con un globo y, frente a la retracción de la goma ahora rota, revelara el contenido y lo dejara caer sobre los invitados, desatando —durante los siguientes diez segundos— una guerra donde no existían amistades y donde cada uno estaba por su cuenta intentando recoger cuanto más pudiera de lo caído. Esto, sin dudas, plantearía luego una relación de poder donde quienes más golosinas tuvieran dispondrían de la vida y voluntad de quienes no.
Luego —o, en algunas ocasiones, antes— llegaba el momento de la torta. Los mayores nos llamaban y nos ubicaban sobre la ahora “torta-céntrica” mesa, donde el cumpleañero se colocaba para apagar la/las velas. La canción tradicional se entonaba con muy poca afinación y ritmo, y el cumpleañero tendría el desafío de sincronizar la última sílaba del último “Feliz” de la canción con un soplido —mezclado, seguro y accidentalmente, con algo de saliva— a fin de extinguir la pequeña llama ubicada en la punta de la vela. Acto seguido, todos aplaudirían al unísono. Como en ese momento las fotos aún eran de rollo y, por ende, sumamente limitadas, alguna que otra foto con todos los invitados a la vez —o simplemente la familia— se sacaría antes de cortar el pastel. Una vez hecho esto, se fraccionaba la torta y se repartía en platitos descartables de plástico o servilletas.
Esto, por lo general, ocurría cuando el festejo comenzaba a llegar a su fin, y los padres empezaban a llegar en busca de sus hijos, que dejaban el evento bolsa de ‘sorpresitas’ mediante.
Para quienes no sepan lo que era una bolsa de sorpresitas, eran pequeñas bolsas de plástico que se entregaban a modo de souvenir a cada uno de los asistentes. Dicha bolsita contenía no más que un puñado de caramelos distribuidos aleatoriamente la noche anterior, y entre los cuales podía tocarte —si eras afortunado— alguno de manzana o cereza; mientras que, si no, seguramente serían de banana o —aún peor— de naranja. Nunca entendí a quién se le ocurrió la idea de hacer caramelos de naranja para niños. Además de estas golosinas, también tenían algún que otro juguetito de plástico y dudosa morfología que podía ser un silbato, un muñequito, un chupete o algo similar; entre lo que venían también unas matraquitas de colores que hacían un ruido que como niño soportabas pero como adulto te produciría un cólera insaciable en cuestión de segundos. Gracias a Dios, con el paso del tiempo alguien se dio cuenta de que estos juguetes pertenecían más al infierno que a la tierra, y no volvimos a saber de ellos.
Una vez que el último invitado era retirado y el último pariente emprendía rumbo hacia su casa, los mayores se disponían a limpiar/ordenar, y el cumpleañero era mandado a darse un baño, para luego hacer un pequeño recuento de los regalos recibidos y terminar la jornada.
A medida que los años pasan, y con ellos llega el fin de la niñez, algunos de estos rituales van cambiando.
El repertorio de regalos cambia, y los perfumes Paco o Pibes desaparecen para dar lugar —siendo noviembre, justo antes del comienzo del verano— a una malla, ojotas o botellas de vino.
La piñata y las sorpresitas desaparecen, y las juntadas devienen en asados con amigos.
La parte de la torta permanece igual; y la canción tradicional no ha cambiado a lo largo de los años, casi como si la desafinación y la falta de ritmo fueran la parte central que permanece a través de las generaciones.
Cuando el último invitado se va, nos tocará a nosotros acomodar o limpiar los rastros del evento, y no habrá mayor que nos envíe a bañar, quedando a nuestro criterio si el esfuerzo de la jornada demanda un baño previo al sueño. Los regalos ya quedarán en segundo plano, y lo importante será lo compartido.
Mucho ha cambiado. Pero si hay algo que no creo que cambie en mí es la sensación de irme a dormir con la felicidad de haber celebrado un año más de vida, compartido con las personas más queridas y los allegados de cada una de las etapas que fui transitando. Muchos están, otros quizás no, pero el recuerdo permanece.
Y, más aún, la felicidad de saber que muchos de ellos nos miran y sonríen al tiempo que, sincronizado con el último “Feliz”, accidentalmente escupimos un poco de saliva al soplar para apagar la última vela…
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