Textos para pensar en voz alta…

Marcas de la vida

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Desde muy chiquito —en parte por mi curiosidad y mis ganas de hacer cosas, y en parte por una ingenuidad cargada de torpeza e inocencia, propias de un niño pequeño—, en mi familia se llegó a la conclusión de que yo era un chico propenso a los golpes. En palabras de mi abuelo, “accidentable” era una forma elegante y resignada de decir que mi manera de crecer implicaba caer, levantarme y volver a intentar, pero con el cuerpo siempre un paso adelante de la mente o la prudencia.

Ya fuera porque a los cinco años me tropecé en la escalera de ingreso —de laja negra— con el ángulo, la gravedad y la rotación justos para que mi ceja derecha se abriera en dos contra el vértice de la piedra (motivo por el cual me tuvieron que hacer unos quince puntos, en un recuerdo que para mí se reduce a llanto y a ver todo verde*), o porque jugando con mi hermana me di la pera contra el borde de un manubrio metálico sin manopla, la cuestión es que en casa mis padres fueron normalizando esto de los accidentes, a fin de no morirse de un infarto con cada uno de mis golpes.

“Mientras el chico no se mate…”, decían al final. Y ya mi mamá hasta había aprendido a pegarme con La Gotita cuando algún imprevisto menor ocurría, para no tener que irnos volando hasta la guardia.

Y no se equivoque, Señora. No era que mis padres no me cuidaban. Al contrario: mis viejos siempre me amaron y me cuidaron todo lo que pudieron. El tema es que la infancia de un chico en los noventa, en el barrio Media Luna de Río Tercero, se vivía de otra forma.

Las tardes se pasaban —sin que un adulto lo supiera— arriba de un árbol, en una casa improvisada con maderas a unos tres metros de altura, o pateando una pelota y subiéndose a algún techo a buscarla cuando la trayectoria errática así lo disponía; hecho por el cual me fisuré los talones bajándome por una rama que, bajo mi peso, se quebró y me regaló una caída libre hasta el suelo, uno de los golpes de mi vida…

Porque si algo aprendimos en aquella época fue a ser autónomos e independientes. Podíamos golpearnos, cortarnos y rasparnos. Y, salvo que llegáramos a una quebradura, la preocupación solía estar más asociada a qué dirían los adultos que a cualquier otra cosa; y hacíamos lo que fuera para que el damnificado no revelara la verdad cuando dicha verdad implicaba una culpa abierta y comprobada de algún otro de nosotros. Un “no le digas a la ma” bailaba entre el diálogo con hermanos, o un “perdoname, fue sin querer”, derramando la más falsa lágrima, trataba infructuosamente de manipular al golpeado y así esquivar el reto y la penitencia. ¡Porque que los retos en ese momento eran duros, lo eran! Pero más allá de alguna que otra penitencia o cachetazo bien merecido, que fuimos felices, lo fuimos y mucho.

Tardes de fútbol en que, trabando una pelota con un rival, terminábamos aterrizando con ambas palmas abiertas y las rodillas sobre el manojo de piedritas que reposaba sobre la tierra de la cancha, que se te metían en la piel y te raspaban hasta las pupilas. Porque de pastos sintéticos, ¡ni hablar! Las canchas eran de tierra seca y dura, y el único mantenimiento que tenían era el de la lluvia, que endurecía cada vez más el terreno, haciendo que gastara hasta los gajos de cualquier pelota y la dejara como una lija que, al cabecearla, te pelaba hasta la frente. Y si encima tenías el infortunio de parar una pelota con la cara, parecía que habías mordido una virulana.

O atardeceres pedaleando por los barrios Media Luna y Norte, cuando tener una bicicleta con cambios era todavía una extravagancia. La mayoría teníamos bicis heredadas de padres o hermanos; alguna que otra cross nueva, o una con cuadro reciclado y cubiertas y manoplas flamantes, era más que suficiente para armar la banda. Y nunca faltaba el que “caía” con una bici cromada, plateada, con pedalines para pararse sobre las ruedas y ese sistema en el manubrio que permitía girar sin que se enredaran los cables del freno: se sentía como llegar en una Ferrari Testarossa frente a los amigos, a los nueve años.

Aquellas tardes —por lo general— terminaban con alguna caída que se traducía en raspón en la cadera, los codos o las rodillas. Imagino que uno de los mejores negocios de los noventa habrá sido el de fabricante de parches. Porque no era como ahora: hoy un pantalón se rompe y se cambia. En aquel entonces, el pantalón se compraba para uno y para las tres generaciones siguientes de hermanos y primos. Así, los parches se aplicaban hasta que no quedara más lugar en la tela donde coserlos.

Ni hablar de la vez que rompí los pantalones del uniforme el primer día de clases. Mi vieja me quería freír en aceite. Por suerte, la directora de la escuela era una monja muy amiga de mis viejos —porque en una ciudad-pueblo esas cosas pasan— y, para evitar el disgusto de tener que salir a comprar un pantalón nuevo el segundo día de clases, le dio permiso a mi mamá para que me los hiciera bermuda y así, al menos, “pudiera tirar” el verano sin semejante gasto.

Es que la vida en los noventa —en Río Tercero— era una cosa difícil de explicar. Un sitio baldío se convertía en territorio inexplorado y sin conquistar, ideal para improvisar una canchita con un par de ladrillos o levantar una choza con algunas ramas buscadas por ahí. Y si el dueño no vivía lo suficientemente cerca como para ver el movimiento y sacarnos carpiendo, eso habilitaba meses de trabajo sostenido —como si fuéramos hormigas— de arquitectura precaria desarrollando la choza.
No cualquiera entraba. El refugio pertenecía, sin discusión, a los vecinos de las cuadras cercanas, encargados de su construcción y custodia. Y no nos temblaba el pulso para decir que no cuando algún forastero quería hacerse “socio” del club. A esa edad ya entendíamos la amistad y también la propiedad privada, aun cuando en los papeles no fuéramos más que chicos usurpando un lote ajeno durante algunos meses.

Otra costumbre —de verano— era la de salir a dar vueltas por el barrio pedaleando sin rumbo fijo, buscando chicos para armar un partido de fútbol o algún grupo de chicas dispuestas a declararnos la guerra con bombitas de agua.
Si efectivamente el conflicto bélico era declarado y aceptado por ambas partes mediante algún proyectil acertado sin previo aviso, o algunos gestos intercambiados entre los grupos pero sin diálogo alguno, el procedimiento era simple: se volvía a la casa más cercana que tuviera canilla en el patio o el lavadero y se montaba una pequeña línea de ensamblaje de armamento de agua. Uno rellenaba las bombitas (cruzando los dedos para que no se cortara la gomita), otro hacía el nudo y un tercero las acomodaba con cuidado en un balde con tres cuartos de agua —algunas hasta quedaban con “hijitos”—, y allí quedaban listas para el traslado al campo de batalla.

Lo que no sabíamos entonces era lo pesado que podía volverse un balde plástico con agua y unas cuarenta bombitas adentro. Si la zona de combate estaba a más de una cuadra, las tropas llegaban exhaustas antes del primer ataque.
Pero volviendo al inicio de este texto, y dejando de lado las guerras de bombitas —que rara vez dejaron cicatrices visibles—, mi infancia, en carácter de “accidentable”, estuvo marcada casi siempre por pequeños cortes y raspones que hoy se vuelven diminutos tatuajes sobre mi piel.

Y si hay dos cosas que siempre pienso sobre ellos, son las siguientes:
Ninguno de ellos fue premeditado. Nunca salí de casa con la idea de rasparme, cortarme o hacerme una cicatriz. Aun cuando el riesgo era evidente y probable, todas y cada una de ellas llegó de imprevisto, como llegan las cosas importantes de la vida. Es cierto que hay algunas que me hubiera gustado evitar. La de la ceja, por ejemplo: dolorosa, visible, imposible de disimular.

Hasta la más mínima me hace ser quien soy y forma parte de mi historia. No sería yo, ni habría llegado hasta acá, sin el aprendizaje que me dejaron cada golpe, cada caída y cada raspón.
Porque, al final, cada una de esas marcas no deja de ser un rastro de haber vivido. Cada marca es el símbolo de una tarde feliz, de un momento de disfrute con amigos, de una pizca de vida corriendo por mis venas; aun cuando en algunos casos esa tarde haya terminado antes de tiempo, en una guardia, con puntos y una gasa embebida en pervinox.

Una vez leí una frase que decía: “Si pudiera volver en el tiempo, me aconsejaría a mí mismo cometer más errores.” Y es que, a medida que crecemos y nos volvemos adultos, nos vamos poniendo un corset de seriedad —porque así es como se supone que debe comportarse un adulto— y nos olvidamos de vivir. Ya no nos subimos a los árboles, ya no buscamos una pelota que cayó en un techo sin la correspondiente escalera y las medidas de seguridad. Y no digo que esté mal. Por supuesto que está bien aprender a cuidarse, pero a veces me pregunto si, en el camino, no terminamos descargando nuestras vidas de la adrenalina y el vértigo que, sin saberlo y sin medir las consecuencias, nuestras infancias tenían.

Hoy no me arrepiento de mi historia. No me arrepiento de los golpes ni raspones. Porque hacerlo sería arrepentirme de mi casa del árbol, de los partidos jugados en la cancha de Mugas. Sería arrepentirme de haberme subido a las hamacas de las plazas o haberme tirado por los toboganes de chapa que, los días de sol, te pelaban la piel mientras caías.

Me siento orgulloso de contar estas historias y de poder contárselas a mis tres sobrinos —que abren los ojos grandes mientras me escuchan— como si fuera una especie de héroe de guerra, como si hubiera peleado en Malvinas. Espero que la vida me permita, algún día, hacer lo mismo con un hijo o incluso con un nieto. Será entonces cuando -orgulloso- realmente exagere cada detalle, cuando cargue de misterio y heroísmo cada uno de mis relatos con el simple fin de despertar en ellos ese amor por la vida… y que a su vez pierdan el miedo por alguna que otra cicatriz bien ganada.

*Al tiempo me enteré que yo veía ‘verde’, porque mientras me cosían la cara me habían puesto una tela verde sobre los ojos, cosa que hacen normalmente los doctores.

**Hijitos se le llamaba en las bombitas cuando quedaban pequeñas protuberancias rellenas de agua, como si fuera una bombita más chiquita, cerca del nudo.

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