Textos para pensar en voz alta…

Entre las nubes…

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Hasta ese momento —corría el año 2010 y la realidad de los vuelos era muy distinta a la actual— no existía la conectividad de hoy ni era tan común que la gente anduviera por el mundo como si fuera su patio trasero. Eran pocos los allegados que alguna vez habían tenido el —hasta entonces— privilegio de haberse subido a un avión.

El 26 de junio de 2010, después de varios meses de haber sido finalmente asignado a una beca de intercambio para cursar seis meses en México, llegué con mi familia al aeropuerto de Córdoba, dispuesto a subirme por primera vez a un avión.

De esa forma, todo lo que sucedía más allá de aquella puerta, custodiada por un cancerbero que solo dejaba avanzar a quienes portaban un pase de abordar en la mano, permanecía envuelto en la más espesa bruma: uno de tantos misterios del mundo que solo algunos habían de conocer. En casa, apenas mis abuelos, mi padre y mi hermana mayor —con su viaje a Disney— habían caminado aquellos senderos y estado a los miles de metros de distancia que suelen separar a un avión comercial de la tierra.

A su vez, quienes habían sido tocados por aquel privilegio se volvían profetas y juglares de lo que había del “otro lado”. Durante meses, mi hermana nos contaba a todos los mortales sobre las maravillas que había visto en Disney: los avances tecnológicos, las diferencias culturales y los años de desarrollo que parecían separar a aquel mundo desconocido del anodino universo de una familia de clase media de Río Tercero.

Recuerdo incluso que, cuando volvió, nos amuchábamos alrededor del televisor para ver el video de su viaje; ese que le habían dado en VHS y que, al reproducirlo en el Toshiba de 21 pulgadas de la pieza de mis padres, nos mostraba una imagen que danzaba entre píxeles blancos que iban y venían en la escasa definición. Nunca voy a olvidar —como buen fanático de los chicles masticables durante mi infancia— lo mucho que me había llamado la atención una vidriera que aparecía en el video, donde una especie de robot agitaba una goma de mascar rosa gigante, estirándola y comprimiéndola al ritmo de un brazo metálico. Para mí, ver eso a los ocho años era como si alguien hubiera filmado un auto volador y ahora lo proyectara, borroso, en el televisor de casa.

Todo lo que viniera de algún lugar lejano era considerado casi como si hubiera llegado en un meteorito; y nos agrupábamos para mirarlo, tocarlo y olerlo como —asumo— habrán hecho los primeros humanos al descubrir la rueda.

Eso mismo sucedía cuando algún compañero de colegio —de alta alcurnia— regresaba de la tierra de Mickey Mouse, autodenominada “el lugar más feliz de la Tierra”, con algún útil escolar u objeto que rápidamente sería presumido entre todos los del curso. En aquellos plenos años noventa, los lápices que en la punta superior giraban hasta terminar en la forma de Mickey o Minnie eran muy comunes; recuerdo que Melisa, una compañera, tenía uno que le había traído su tío.

Así fue que, aquel día de junio y con mis 20 años, 6 meses y 27 días de edad, me disponía —credencial en mano— a atravesar aquel portal y emprender una experiencia hasta entonces desconocida.

Para quien viaja por primera vez —y más en ese momento, cuando no existían smartphones ni dispositivos desde los cuales acceder a los grandes anaqueles virtuales de la información, y cuando un pasaje en avión representaba meses y meses de ahorro de una familia de clase media— acercarse al mostrador era hacerlo con muchísimos nervios. Uno rogaba a Dios, a la Virgen y a cuanto apóstol se cruzara por la mente que no faltara ningún documento. Las historias y mitos sobre familiares lejanos que habían perdido un vuelo por tal o cual motivo se repetían y se esparcían como leyendas urbanas, haciéndole a uno temblar las patas mientras los ojos del agente de viajes —del otro lado del mostrador— barrían la pantalla chequeando que todo estuviera en orden.

Cuando por fin parecía que todo estaba en orden —pasaporte, reserva, pagos, peso del equipaje— y te entregaban el bendito pase de abordar con las indicaciones para avanzar, uno sentía como si la mitad del viaje ya estuviera hecha.

Una vez atravesado aquel suplicio, nos dirigimos hacia la puerta custodiada por el guardia, donde mi familia no podría pasar y solo yo continuaría. Ese era el momento y el lugar para abrazarnos, despedirnos y augurarnos cosas buenas para los seis meses donde, por primera vez, el mundo nos encontraría en geografías separadas.

Dado el último apretón y el último vistazo, el guardia me dio el visto bueno y emprendí viaje.

A continuación, comenzando aquel camino desconocido y que -como la vida- uno debe aprender sobre la marcha, vinieron el control de seguridad y migraciones. Aquella entrevista, la segunda si se contaba la del agente del mostrador, se erigía como otra prueba donde los nervios se ponían a examen, rogando que cada respuesta fuera la correcta y habilitara el paso a lo que seguía.

Superado eso, entré en una especie de oasis de locales comerciales sin impuestos que, aun imposibles de aprovechar por la falta de dinero en mis bolsillos, intentaba grabar en las pupilas para luego relatar a los allegados, iniciando ese camino de profetizaciones del que hablaba antes. Muchos de los perfumes, joyas u objetos de esos locales —incluso dentro del mismo país— no formaban parte de la vida cotidiana, sino que eran también cosas vistas por primera vez.

Ya cansado, entendiendo que no había demasiado más para ver o que mi cabeza no podía almacenar más información —o quizás asimilando que el viaje recién comenzaba— me acomodé en una silla y me dispuse a esperar la hora de abordar.

El proceso de abordaje tiene su lógica propia. Apenas la gente empieza a pararse y a ordenarse en fila, a quien viaja por primera vez le agarra el miedo —infundado— de que el avión se vaya y lo deje ahí, solo, en la sala. Con los años entendí que no hacía falta semejante prisa, pero en ese momento temía que algún empleado de la aerolínea decidiera que el avión ya estaba lleno y nos dejara a algunos esperando el siguiente vuelo.

Si bien hoy internet permite ver cómo son las cabinas y los interiores de los aviones, en aquel entonces, cuando caminé por primera vez por el pasillo entre los asientos, todo seguía siendo incierto. Incluso, hasta pocos años antes, las aerolíneas permitían fumar y beber en pleno vuelo, lo que teñía el imaginario —al menos el mío— de un ambiente lúgubre, más cercano a una biblioteca que a un medio de transporte.

Por eso, cuando finalmente llegué a la cabina y me ubiqué en mi asiento, el 18A —había pedido ventanilla; no quería perderme la experiencia de ver el mundo desde arriba— todo me parecía absolutamente nuevo. Recuerdo incluso haberle preguntado a un señor, de quien ya no recuerdo el rostro, cómo encender la luz de lectura: no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Como dije, hasta ese momento todo era incierto. Así, las horas que siguieron —la comida, la mesa plegable, la manta, las pantallas y las películas— fueron novedades absolutas para este riotercerense.

La sensación del despegue y del aterrizaje también tiene algo de particular. Esa inercia que empuja el cuerpo hacia atrás cuando el avión acelera, o la extraña sensación que recorre el estómago cuando empieza a carretear y despegarse del suelo, eran experiencias hasta entonces desconocidas. Los movimientos al girar, subir, bajar o atravesar una turbulencia también formaban parte de ese nuevo lenguaje corporal que debía aprender.

Una vez estabilizado el avión, ya en velocidad crucero, saqué las cartas que me habían escrito mis padres y mis hermanas, y que cuidadosamente había guardado para esa ocasión.

En ellas me deseaban lo mejor para los meses por venir y dejaban asomar esa pizca de orgullo familiar que rara vez se expresa si no es frente a un acontecimiento especial. Me hablaban de todo lo que me esperaba y me pedían que no dejara pasar la oportunidad de registrar, vivir y transitar cada una de las historias que me tocaran, para que me acompañaran el resto de la vida. Ese gesto lo guardé para mí y, desde entonces, suelo repetirlo cada vez que algún amigo o pariente emprende un viaje.

Entre esas cartas hubo una frase que conservo especialmente cerca del corazón y que me acompañó durante años cada vez que volví a poner los pies en un avión. Mara, una de mis hermanas y la más viajada hasta ese momento, me decía que a ella le gustaba estar arriba de un avión porque, entre las nubes, estaba más cerca de nuestro abuelo, y que incluso a veces le parecía verlo con una sonrisa cómplice.

A tan solo un año de la partida de mi abuelo, esas palabras se grabaron a fuego en mí. Durante los años siguientes, cuando tuve la posibilidad de volver a viajar, me gustaba incluso que el vuelo fuera un poco más largo: siguiendo esa idea, sentía que compartía más tiempo con él. Un viaje de cinco o seis horas me motivaba más que uno corto, y me subía con la ilusión de quien va a visitar a un pariente que hace tiempo no ve.

Con el tiempo, y con la rutina de los viajes a los que mi trabajo me llevó, empecé a olvidarme de esa sensación. El cansancio nubla los ojos —o la mente— y aleja un poco a ese chico que vivía todo por primera vez. Aun así, siempre hay algún momento en el que, quizás desde lo más profundo o quizás porque desde alguna nube me hacen un guiño, vuelve la certeza de que mi abuelo —ahora también junto a mi abuela— me saluda al pasar, aprovechando la cercanía.

Mientras escribo esto, faltan apenas dos horas para subirme nuevamente a un avión rumbo a Córdoba, dando por finalizadas las vacaciones. Es una sensación extraña: aunque unos quince años me separan de aquel día con el que comenzó este viaje y relato, siento que en gran parte sigo siendo el mismo, con las mismas inquietudes, incertidumbres y motivación con las que me subía a aquel primer vuelo.

Espero que la vida me lleve a muchas más experiencias y nuevos lugares; que pueda recorrer y guardar en mi mochila, sin perderme en el camino.

*Lo que sucedió al momento de aterrizar, y el tiempo de mi vida que transcurrió en tierra azteca durante aquella beca, quedarán para otro momento, para otra historia. Son tantos los recuerdos de esa experiencia que merecen su propio cuerpo y su propia identidad.

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