Textos para pensar en voz alta…

Operación nocturna

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Cuando Anselmo levantó vuelo, pensó en cómo la oscuridad de la noche le daba, una vez más, las condiciones perfectas para un nuevo ataque. El silencio y la baja visibilidad lo volvían casi invisible, mejorando enormemente las probabilidades de éxito del sabotaje.

Se puso en movimiento. Surcó el aire con precisión, buscando los puntos exactos de ataque sobre el objetivo. Sabía que, si el enemigo reaccionaba, podía ser letal. No solo lo sabía: aprenderlo le había costado casi la vida.

Por eso era crucial moverse con sigilo. La última vez había estado al borde de ser derribado, y solo su astucia y una maniobra desesperada le habían permitido escapar. Había aprendido; aun así, la tarea seguía siendo peligrosa.

Mantenerse veloz. Evitar los radares. Mantener distancia de los puntos de contraataque.

Los dos detectores visuales estaban desactivados. Era normal a esa hora. Eso le daba ventaja. Sin embargo, los detectores de sonido seguían activos. Bastaba un movimiento mal calculado para activar la alarma. Más de una vez había cometido ese error, y la respuesta había sido devastadora.

Aprovechó el relieve del territorio. Se deslizó entre dos montañas paralelas que se abrían sobre el paisaje, y utilizó el valle para ocultar su avance. Las montañas parecían moverse, respirar. Bajo la superficie se adivinaban cauces azules, ríos invisibles que marcaban el pulso del terreno.

El relieve cambió de repente. Las montañas se transformaron en mesetas, zonas de quiebre y sombras donde una maniobra en falso bastaba para quedar atrapado. Aceleró y dejó atrás la región.

Luego llegó la gran llanura móvil. Un suelo que subía y bajaba lentamente, como empujado desde abajo. Cada oscilación alteraba la presión del aire. Perdió altura, pero logró estabilizarse sin tocar nada ni alertar al enemigo. Era un lugar vivo, inquietante. Tentador, pero inestable.

Más adelante, el cielo se volvió hostil. Dos grandes elevaciones dominaban la zona. De sus flancos surgían violentas corrientes de aire caliente que lo expulsaban hacia atrás, como si el territorio mismo rechazara la invasión. No había forma de mantener posición, por lo que ascendió bruscamente para evitar ser derribado.

Creyó encontrar calma en un paso estrecho, cálido, casi translúcido. Un istmo frágil entre regiones más agresivas. Debajo, los ríos estaban cerca de la superficie. El objetivo parecía finalmente alcanzable.

Descendió.

El primer ataque fue limpio.
El segundo, casi imperceptible.
El tercero, una osadía.

Entonces ocurrió.

Una vibración profunda atravesó el cielo.
No era viento.
Era sonido.

Los detectores se habían activado.

El territorio despertó. Una luz blanca, brutal, inundó todo el espacio. La exposición era total: si se movía, moriría. Anselmo se quedó inmóvil, suspendido en el aire, sabiendo que cualquier gesto lo delataría. El enemigo buscaba, escaneaba, pero sin referencias ni señales. Si resistía unos segundos, la luz se apagaría.

El silencio fue absoluto.
La luz se apagó.
El enemigo volvió al reposo.

Anselmo sobrevivió. Pero no por mucho tiempo.

Una nueva vibración, esta vez certera, atravesó el espacio. El enemigo había confirmado su presencia. Desde los bordes del mapa llegó el contraataque. El aire se comprimió. El espacio se volvió imposible.

Viró todo lo que pudo, esquivando por milímetros el impacto de las armas del enemigo. Subió, bajó, frenó hasta casi colapsar.

Entre maniobras evasivas imposibles, logró salir de la zona de ataque y perderse en la oscuridad. Atontado, mareado, con las pulsaciones a mil por hora. Los tres primeros ataques habían sido exitosos, pero era hora de abortar la misión y volver a la tranquilidad.

Regresó a su refugio y se acomodó en la penumbra, exhausto.

Mientras se acomodaba, volvió a pensar una vez más en lo complicados que eran aquellos días para ser un mosquito.

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