Textos para pensar en voz alta…

Las tangentes de la vida

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Hace algunos años, después de un muy lindo almuerzo de Thanksgiving con una amiga con la que compartimos tiempo viviendo en Seattle por trabajo, nos dispusimos a caminar unas treinta cuadras —según nos anunciaba el GPS— hasta la zona donde quedaban los departamentos en los que la empresa nos había ubicado por esos meses.

A pesar de que la distancia era relativamente larga, el día mostraba un clima amable —aunque, siendo Seattle, la lluvia apareció muy rápido y nos empapó en tan solo unas cuadras— y, al tratarse de un feriado, no teníamos otra cosa que hacer ni un plan más auspicioso. Así que decidimos caminar mientras charlábamos de los distintos temas que uno, como extranjero lejos de casa, suele conversar: cómo se siente estar lejos, qué se espera del futuro, si uno se quedaría a vivir en aquel país o si, por el contrario, esa distancia reforzaba el sentimiento de forastería y alimentaba las ganas de volver y echar raíces cerca de casa.

Recuerdo que en aquel momento Martina y yo compartíamos, en parte, el sentimiento de extrañar a la familia, y la idea de que, aun cuando por algún motivo la vida nos encontrara lejos de casa, ese estar lejos solo podría sostenerse con un contacto periódico y cercano que mantuviera encendida la llama familiar y emotiva. No era casual: ambos veníamos de senos familiares muy presentes y profundamente simbólicos.

Hoy, después de varios años y siguiendo de algún modo aquella idea, ella se radicó en Europa y pasa algunos meses en Argentina visitando a su familia y amigos. Yo, en cambio, nunca fui tan fuerte y no pude romper ese lazo de poco más de cien kilómetros —o una hora y media— de distancia entre mis viejos, mis hermanas —y sobrinos— y yo; a quienes veo varias veces al mes y con quienes recargo mi batería familiar.

Con los amigos el tema es diferente. Entre los veinticinco y los treinta y cinco, los proyectos familiares —y de vida— de cada quien empiezan a tomar forma, y aunque estemos cerca, uno no se ve tan frecuentemente como quisiera. Quizás algún festejo de cumpleaños, quizás algún evento especial. Pero, a pesar de estar a no más de unos minutos de distancia, cada quien sigue su camino y los encuentros se vuelven casi —o tan— esporádicos como cuando más de diez mil kilómetros nos separaban y yo volvía una vez por año, para las fiestas, a pasar tiempo con mi familia y con ellos.

Pero volviendo a aquel día y a aquella caminata, fue más o menos a mitad de camino, subiendo —o bajando— una de las tantas calles empinadas que separaban la ciudad de Bellevue —donde almorzamos por Thanksgiving— de Seattle, donde efectivamente residíamos, que la conversación fue girando hacia temas más hondos. De esos que obligan a pensar, a rastrillar en los rincones más profundos de uno mismo antes de dar una respuesta auténtica, sentida y valiosa.

Fue entre esos temas que, al llegar a una esquina, parados casi sobre el cordón y antes de cruzar la calle, surgió la pregunta de si en algún momento —quizás antes de conocernos— habríamos coincidido en alguna otra esquina como esa, siendo solo dos extraños que, sin saberlo, compartirían luego tiempo en Estados Unidos, trabajando temporalmente para la misma empresa.

Recuerdo que aquella pregunta, aunque por supuesto no pudimos responderla en las cuadras que siguieron, quedó dando vueltas en mi cabeza —o quizás en algún rincón de mi memoria— y es algo que aflora cada tanto en mis pensamientos.

Algunas teorías y mitos griegos hablan de hilos irrompibles que unen a personas —o amantes— durante toda su vida, a pesar del camino que sigan; presagiando un destino común al que quizás lleguen o quizás quede pendiente para toda la eternidad, pero que los hará caminar, durante su paso por la tierra, en pos de ese hilo. Sin embargo, la pregunta que nos planteamos aquel día era mucho más casual y estaba despojada de semejante carga emotiva: nos preguntábamos simplemente si tal vez habíamos coincidido en alguna esquina, colectivo, café, pasillo o taller de trabajo de la facultad sin siquiera saberlo.

Eso, de algún modo, despertó en mí una idea que desde entonces no puedo evitar pensar cada vez que el camino con alguna persona está a punto de bifurcarse: ya sea porque un amigo decide mudarse a otro país, porque deja un trabajo o porque, simplemente, una relación se termina después de varios años. Vidas que hasta ese momento transcurrían juntas —y quizás comenzaban y terminaban el día en la misma cama—, o que se cruzaban a diario en la misma oficina y compartían el almuerzo, dejan de tener ese espacio y ese tiempo común, y se alejan hasta volver a cruzarse —o no— en algún futuro cercano o lejano.

Y es así como, en esta época de internet —donde los gigantes informáticos poseen más información sobre nosotros que nosotros mismos, al punto de saber si algo nos gustará antes de que lo probemos, o de arriesgar estadísticas y probabilidades, aún refutables, sobre el futuro de una relación—, me planteé una idea que estoy seguro existe en algún servidor remoto, perdido en un desierto de California o Nevada, pero que por supuesto no está al alcance de un ciudadano común y corriente como yo.

¿Qué pasaría si pudiéramos observar nuestros movimientos en tiempo real y ver cómo todas las personas del mundo se desplazan, acercándose o alejándose entre sí como burbujas, similares a bandadas de aves migratorias? La realidad es que hoy, a través de estos dispositivos móviles que todos —o casi todos— llevamos en el bolsillo, es posible ubicar nuestra posición en tiempo real y saber cuán lejos o cerca hemos estado de algunas personas a lo largo del tiempo. Sin dudas, ese registro comenzaría con la llegada —y colonización— del smartphone; en mi caso, ese viaje tendría memoria a partir de mis veinticinco o veintiséis años.

Si bien hoy vemos este seguimiento en tiempo real aprovechado por aplicaciones de citas para ponernos en contacto con personas que se encuentran cerca, o con quienes quizás hemos cruzado camino en las últimas horas, lo que imagino es algo mucho más abstracto, casi filosófico. Sería simplemente observar ese mapa mundial de individuos y, seleccionando a dos o más personas dentro de esa nube de almas —como si flotaran en el río de los muertos del inframundo griego—, ver cuán cerca o lejos han estado sus trayectorias a lo largo de la vida; quizás incluso rozándose, como dos círculos tangentes en la misma fila de un café o en asientos contiguos de un colectivo.

Seguramente más de uno se sorprendería al descubrir cuán cercanos o lejanos han estado sus pasos, y en qué momentos incluso habrán estado dentro del campo visual del otro sin saberlo. Es fácil encontrar algunos de esos cruces al coincidir, por ejemplo, en un recital o en un evento de gran concurrencia. Aun así, resulta más difícil saber si, en la rutina diaria, nos hemos cruzado o incluso interactuado con alguien sin sospechar que volveríamos a encontrarnos.

Así como esos nuevos esposos que descubrieron, al seleccionar las fotos para mostrar en su casamiento, que sus familias habían sido contiguas en una playa de Mar del Plata durante un verano de sus infancias —simplemente porque unos aparecían en las fotos de los otros—, saldrían a la luz un sinfín de situaciones en las que personas conocidas pasaron por nuestras vidas como simples extraños caminantes.

En ese mismo mapa de migración humana también podríamos observar los movimientos masivos que se generan, por ejemplo, con la llegada de una figura importante a un lugar determinado. Veríamos cómo al desplazamiento de Messi desde Estados Unidos hacia Argentina le seguirían miles de trayectos más cortos: personas moviéndose desde donde estén para verlo jugar en Buenos Aires. Sería curioso observar esos saltos y aglutinamientos, y notar cómo la gente se reúne detrás de personalidades que, aunque sea por un rato, marcan el rumbo físico de nuestras vidas.

Seguramente serían llamativos los datos que surgirían de ese mapa, donde esas pequeñas burbujas se acercarían o se alejarían —y quizás hasta permanecerían juntas por años o por toda la vida— a partir de encuentros casuales o programados.

En el caso de Martina y mío, podríamos ver cómo durante algunos meses coincidimos a diario en la misma oficina del centro de Seattle como compañeros de trabajo, para luego separarnos una vez que ambos dejamos la empresa. Lo que ese mapa no podría mostrar es que, a pesar de que hoy recorramos el mundo por caminos distintos y a miles de kilómetros de distancia, la pregunta que nos hicimos casualmente aquella tarde, en esa esquina y antes de cruzar la calle —mientras la lluvia típica de la ciudad nos cubría como a dos perros mojados—, me seguiría acompañando diez años después.

Después de todo, esas conversaciones casuales pero profundas con amigos, donde aparecen preguntas existenciales y filosóficas, son las que nos empujan a crecer y nos sacan, aunque sea por un momento, de la inercia de lo cotidiano.

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