Textos para pensar en voz alta…

Aprendiendo a mirar

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Cuando era chico, una de las cosas que compartía con mi viejo era el gusto por la televisión. Con mis siete u ocho años, me cruzaba a su habitación y me acostaba en el lado de mi madre —ya levantada— de la cama. Entonces nos disponíamos a ver algo juntos en el televisor de 21”, que desde la cómoda de madera, al otro extremo del colchón, nos devolvía una imagen colorida y algo borrosa.

Si era domingo por la mañana, la programación estaba reservada para las carreras de Fórmula 1, donde ambos seguíamos a un Michael Schumacher que, con su Ferrari en el punto máximo de rendimiento, nos regalaba —como a tantos otros— momentos de adrenalina y alegría. Al día de hoy sigo creyendo que fue el mejor momento de la categoría, y agradezco que tanto mi padre como yo hayamos coincidido en buenas edades para disfrutar juntos de la Fórmula 1.

Pero entre carrera y carrera —o domingo y domingo—, y una vez pasado el horario del colegio o el permitido para jugar con amigos, buscábamos qué mirar. Cubríamos la cuota con alguna película traída del videoclub Play —elegida cuidadosamente— o con alguna que estuvieran pasando en el cable. En ese entonces, la empresa de mi viejo todavía no había ido a la quiebra, así que en casa disfrutábamos de unos treinta canales a color.

Así fue que vimos muchas películas, casi siempre para niños. Mientras escribo esto, se me vienen a la mente Jumanji, Ace Ventura o George de la Selva. Aunque no siempre buscábamos películas cómicas, guardo el recuerdo de aquellas con un cariño especial.

Como a mis hermanas no les atraía tanto el cine —o quizás, para ese momento, ya hacían cosas de adolescentes, como escuchar a las Spice Girls o ver Verano del 98—, y yo seguía siendo un niño, por lo general quienes terminábamos frente al televisor éramos mi papá y yo.

Y fue en uno de esos días —ya sea porque no fuimos al videoclub o no había otra cosa para ver— que terminamos mirando una película en Teleocho o Canal Doce, de esas que se anunciaban “para toda la familia”, y que por algún motivo que desconozco nunca se borró de mi memoria.

La trama iba más o menos así: un hombre, ciego y patinador sobre hielo, conoce a una chica que sí puede ver. A medida que avanza la película, descubrimos que él no es ciego de nacimiento, sino que perdió la visión a muy corta edad —alrededor de los dos o tres años—, por lo que, aun habiendo vivido casi toda su vida en la oscuridad, conserva algunos recuerdos de su niñez. Entre ellos, menciona uno en particular: el de haber tocado las nubes. Aunque, claro, no sabemos a qué se refiere exactamente.

La mujer —recuerdo vagamente que la actriz era pelirroja— se va enamorando de él, y él de ella. Comienzan una relación, y en un momento ella empieza a sospechar que quizá exista la posibilidad de que, mediante una cirugía, él recupere la vista.

Hasta donde me alcanza la memoria —y sepan disculparla, porque sólo vi esa película una vez, hace casi treinta años—, ella intenta motivarlo y convencerlo de que se someta a la operación, pero él se niega rotundamente. Sostiene que ha vivido casi toda su vida de esa manera, que está acostumbrado, y que no necesita ni espera que eso cambie. Le explica que no siente la necesidad de ver el mundo, aunque confiesa que le gustaría volver a ver las nubes que recuerda haber tocado.

Después de varias idas y vueltas —de lo contrario, la película podría haber terminado ahí—, el muchacho finalmente accede, y hacen todos los arreglos necesarios. Ambos se dirigen al hospital, y él entra al quirófano.

Una vez terminada la cirugía, recuerdo una escena muy emotiva en la que, al retirarle el vendaje, descubren que la intervención ha sido un éxito. Sus ojos responden a la luz, aunque al principio sólo distingue sombras y formas imprecisas. Si no me falla la memoria, el médico le explica que, con el paso de los días, sus ojos se irán adaptando y su visión se volverá más nítida. Entonces dejan el hospital y, bajo el cuidado de ella, él regresa a su casa.

A medida que transcurren los días —y tal como había predicho el médico—, su visión se va aclarando. Recuerdo otra escena emotiva, en la que él ve el rostro de la chica por primera vez. No recuerdo los detalles, pero sí el clima de felicidad y realización que los envuelve. Ahora no sólo pueden vivir su relación de un modo más compartido, sino que además se abre ante él un mundo nuevo de colores, sensaciones y profundidades. Un mundo que antes terminaba en el alcance de su mano, ahora se vuelve infinito; incluso puede mirar al cielo. Es ahí donde ambos parecen estar en la cima del mundo, en su momento más feliz.

Hay una escena que nunca olvidé: asisten juntos a un partido —creo que de hockey sobre hielo— y, en un momento, él ve a un vendedor de algodones de azúcar (copos de azúcar, como decimos en Argentina) caminando entre la gente. En ese instante, conecta con aquel recuerdo de su infancia sobre las nubes. Efectivamente, aquellas nubes que recordaba tocar eran los algodones de azúcar de una feria a la que había asistido de niño. Nunca entendí por qué ese detalle se grabó tan hondo en mi mente, pero debo confesar —por primera vez— que en treinta años nunca he sido capaz de mirar un copo de azúcar sin pensar en aquellas “nubes”, y en cómo algo tan efímero puede adquirir un significado tan profundo desde otra mirada.

Hasta aquí, todo parecía marchar bien en la vida del muchacho —y, por consiguiente, en la de ella—, hasta que, al cabo de unas semanas, él empieza a notar algo extraño en sus ojos. De pronto siente molestias en las pupilas, y lo que antes veía con claridad comienza a volverse borroso.

Asustados, vuelven al hospital en busca de respuestas, sólo para confirmar el peor pronóstico: la enfermedad degenerativa que le había causado la ceguera seguía presente y avanzando, por lo que, en pocos días, volvería a quedarse ciego. Aun cuando la cirugía había funcionado, sabían que existía el riesgo de que eso ocurriera, y lamentablemente se confirma que así será.

Recuerdo que desde ese punto todo se vuelve adverso. Lo vemos sumido en una especie de depresión, esperando que sus ojos vuelvan a apagarse. El muchacho se recluye en su casa y le pide a la chica que le dé espacio. Al cabo de unas escenas, vuelve a aparecer con su bastón, confirmando que efectivamente ha perdido la vista otra vez.

Y es entonces cuando ocurre la escena que, en mi memoria, representa el final de la película. Aun sabiendo que no termina allí, no logro recordar qué pasa después. Sé que él no recupera la vista, pero no recuerdo si permanecen juntos o no. Por algún motivo, mi mente bloqueó ese desenlace, y la historia se cierra para mí con la escena que describo a continuación.

La chica se acerca al muchacho —nuevamente ciego—, quien guarda hacia ella una mezcla de enojo y rencor. Ella intenta animarlo, convencerlo de no pensar en lo que ha perdido, sino en el hecho de haber podido ver el mundo, aunque fuera por un instante. Le recuerda que pudo ver cosas que antes no veía, e incluso mirarla a ella a los ojos.

Él, sumido en sus tinieblas y su remordimiento, le reprocha que no necesitaba aquello. Le dice que estaba bien como estaba, y que ahora lo único que cambió es que sabe exactamente todo lo que no podrá volver a ver. A partir de allí, todo se vuelve negro en mi memoria.

Recuerdo que, en aquel momento, a los ojos de mi yo de siete años, no podía entender el enojo del muchacho. Al fin y al cabo —pensaba—, aquellas semanas le habían permitido poner forma y color a muchas de las cosas que durante años sólo había imaginado, e incluso descubrir otras que jamás habría podido concebir. Hasta sus “nubes” habían tomado forma, textura y color.

Hoy, quizá desde otro entendimiento de la vida y su complejidad, puedo al menos darme el lugar para comprender la forma de pensar de aquel muchacho. Aun sin tener respuestas para las preguntas que me surgen, encuentro el espacio para plantearlas:

¿Cómo se hace, una vez probada esa pizca de felicidad, para aceptar vivir sin ella? ¿Cómo se sobrevive en un mundo de oscuridad sabiendo que allá afuera existen tantos colores y texturas? ¿Habría sido mejor permanecer en la ceguera, acostumbrado a lo vivido, que abrir la mente a un mundo que sólo se abrió por un instante? ¿Valió la pena descubrir que aquellas “nubes” eran simples copos de azúcar?

Como dije, no tengo respuestas. Quizás en esas preguntas —o en sus ecos— se esconda alguna pista que nos acerque a estar en paz con nosotros mismos, y un poco más cerca de eso que llamamos felicidad.

Quizás se trate simplemente de recordar lo bonito de lo que fue, pero encontrando un sentido mayor en lo que es, en lo que tenemos. Quizás se trate de agudizar nuestro tacto, oído, gusto y olfato, para sacar lo mejor de ese mundo condenado a la oscuridad. Quizás, de esa manera, encontremos nuevamente un motivo para salir al mundo, aunque sea con un bastón en la mano.

Al fin y al cabo, al final del día, no somos más que un par de ciegos intentando encontrar el camino…

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