Hoy es uno de esos días en que uno piensa demasiado. No importa aquello que se cruce frente a nuestros ojos, uno siempre tiene la cabeza fija en algo. Si bien algunos temas bastan para distraernos por un segundo de aquel único centro, la fuerza centrífuga de aquel “no tópico” es suficientemente fuerte como para atraernos nuevamente hacia él.
Imágenes y emociones referidas a eso en lo que pensamos flotan y se mueven a lo largo de nuestra mente. Caminos sinuosos e irregulares se van trazando, hasta que ya no recordamos la concatenación que cada uno de esos pensamientos tuvo con su antecesor. Dicho de otro modo, no sabemos cómo hemos llegado a pensar aquello que en ese momento tenemos en mente. Entonces iniciamos una búsqueda meditada y detallada de nuestro pasado. Intentamos recordar aquellos pequeños instantes en que de una manera u otra, nos sentíamos de la misma forma.
Separamos nuestros dedos para dejar que aquello que contenemos interiormente, se escurra y salga hacia afuera. Cerramos nuestros ojos y comenzamos a movernos al ritmo de una música imaginaria. Música que hemos escuchado anteriormente, pero que puede o no ser un producto de nuestra imaginación. Ritmos y combinaciones que nos permiten ser libres, que nos dejan y nos llevan por diferentes caminos, hacia distintos lugares. Luces y sombras que tiñen y colorean ese suelo por donde caminamos, esa senda armónica y desenfrenada que nos hace subir y bajar sin siquiera movernos.

Recorridos arquitectónicos inspirados en la inspiración misma. Palabras que no dicen nada pero que a la vez dicen mucho, representan mucho. Formas y figuras que nos remiten una vez más a aquello que sentimos y queremos en nuestro más profundo interior. Imágenes que sólo nosotros conocemos, pero que sin embargo no podríamos definir concretamente. Recuerdos borrosos que se arman y desarman de manera casi imperceptible, y que de repente desaparecen para mostrarnos cuán irreales pueden ser las cosas. Repeticiones que marcan su ritmo, y rostros que miran para no ser mirados.
E intentamos volver a nuestro mundo real, incapaces de concebir aquel imaginario puro que corre por nuestras venas. Pues estamos atados a aquello que llaman “razón”, a ese miedo a su hermana gemela oculta en las sombras, temor a esa “locura” intrínseca en cada uno de nosotros, entelequia propia de nuestra condición de humanos. Porque mientras exista esa luz que nos ciega mientras caminamos por la vida, también existirá aquel desconocido lugar llamado oscuridad, cubierto de sombras, y en el cual muchas personas encuentran refugio.
Pues de cierta forma, así como llevamos nuestra condición de seres imaginativos, también sería innegable la condición de cada ser humano de tener un espacio para sí mismo. Un espacio que guardamos y mantenemos fuera del alcance de otros; un espacio pura y exclusivamente para uno mismo. Es entonces que abandonamos esa tierra de ensueño, sabiendo que muy pronto volveremos a pisarla. Quizás para ese entonces la forma ya no sea la misma. Tal vez los colores, sentimientos y emociones cambien para innovar sobre sí mismos una vez más. Pero pese a todo eso, uno siempre sabe que cuenta con ese pequeño mundo de libertad, ese mundo donde el único derecho, es el de soñar.
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