Diciembre de 2010
La habitación estaba vacía y en silencio. El desorden, todavía presente, dejaba entrever que allí había habido vida. Eran mis últimos días durmiendo en esa cama, bajo ese techo, en ese lugar. Ese ya no sería mi clóset; mis sábanas no volverían a cubrir ese colchón. Y, por primera vez, entendí de verdad lo que eso significaba para mí.
Comprendí que a todos nos llega, en algún momento, esa nostalgia inevitable, esa melancolía silenciosa. Algunos saben esconderla, dejar que las lágrimas caigan hacia adentro. A otros los sorprende en un avión, o al subir a un colectivo. Muchas veces aparece en el último abrazo, en el adiós final a esos seres con los que uno arma una forma de familia, aunque sea por unos meses. Los más “valientes” sólo la sienten cuando se enfrentan a la imagen encapuchada de la muerte.
Y aun así, me cuesta aceptar que ese lugar ya no sea mío. Me resisto a pensar que todo lo vivido no tenga otro destino que quedar guardado en esa pequeña caja que llamamos memoria, convertido en recuerdos simples y hermosos, grabados a fuego en el corazón.
Todavía siento la arena caliente de Playa del Carmen bajo los pies, el sabor salado del mar en los labios. Aún conservo en la retina los colores de los peces del arrecife de Tulum, el verde intenso del césped en Palenque. Así como me acostumbré a las arepas, a las tortillas, a los bolis, también mi corazón se habituó a ese conjunto de vocecitas que llenaban la casa todos los días. Los acentos distintos, las palabras nuevas y hasta las risas se entrelazaban para formar un coro completo, vivo.

Hoy miro meses atrás, cuando iba en un avión rumbo a México, rumbo a Tuxtla Gutiérrez. Sin saber qué me esperaba, buscaba respuestas entre las nubes, intentando adivinar con qué tendría que enfrentarme. Las emociones ya estaban divididas, como lo están ahora. La ansiedad de caminar con mis propias piernas, sin bastón, sin escudo, se mezclaba con la nostalgia de dejar mi casa, mis comodidades, mis amigos, mi familia. Todo aquello a lo que estaba acostumbrado tuvo que reducirse y encontrar un lugar en esa valija invisible que uno lleva adentro, bien hondo.
De a poco empecé a cortar ramas, a abrir camino. Y tuve la suerte de no hacerlo solo. En esa misma selva encontré un grupo de personas extraordinarias, con más experiencia en algunas cosas y menos en otras, pero caminando al mismo ritmo. Hoy puedo decir, con orgullo, que compartí con ellas varios meses que voy a extrañar profundamente.
Seguramente cada uno tomará su propio rumbo y volverá, con el tiempo, al ritmo que llevaba antes de México. La ausencia irá pesando menos, hasta transformarse en una cicatriz. Pero sé que será de esas que no desaparecen: apenas se disimulan y arden un poco cada vez que aparece una foto, una palabra, un video, o cualquier recuerdo de esos amigos que hicimos allá.
En pocos días los mapas se separan. Cada uno trazará su hoja de ruta para salir a la vida, para asomar la cabeza, ver qué hay afuera y tomar aire. Tal vez esas rutas vuelvan a cruzarse algún día; quizá nos encontremos en una tangente que una dos círculos. O tal vez estemos cerca y no nos veamos, o no volvamos a cruzarnos nunca.
Pero como cordobés que soy, sólo me queda agradecer. Agradecer cada gesto, cada ayuda, cada maqueta, cada palabra compartida. Porque sin eso, el camino habría sido mucho más difícil. Es momento de seguir, de mirar hacia adelante, con la tranquilidad de haber vivido algo más que un intercambio: una bocanada de aire fresco, un oasis en medio del desierto.
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